EDITOR

Editor-in-Chief of the Journal for Nature Conservation

In 2001, I began collaborating with Urban & Fischer Verlag (Leipzig, Germany), thereafter Elsevier, as Editor-in-Chief of the Journal for Nature Conservation. I had an interest in offering a journal with scientific rigor to spread conservation knowledge, in the same way as there exist journals dedicated to medicine. Conservation cares about the health of nature; medicine cares about the health of people. Other journals with conservation on its headings, were too academic oriented towards biology or ecology curricula. I just wanted something for practitioners as I believe that conservation is a technology; a soft technology, indeed.

After more than a decade pursuing that dream, I am more than satisfied with our consolidated editorial niche and with the professionalism of the Elsevier staff, Board of Editors and altruistic reviewers. The JNC is receiving about seven submissions per week. Half of the manuscripts  or even more are normally out of scope and returned directly to the authors. The rest is processed and published after peer-review. At present we publish six numbers for each year’s volume. A five-year impact factor of 2.119 is a stimulating and rewarding challenge, although I prefer to perform high in downloads, as we do.

I am also the happy author of some of the photos of the journal cover (click on the picture).

Occasional Books

Editing a book is a pleasant intellectual activity. Therefore, I do normally compose my reports as well as some of my own books, like the monograph on ground beetles from the Canaries (1992), which has 634 pages, 313 figures and 21 maps. It was all done with the old Wordperfect, which was the “summum” of text processors at those times; figures were photographed and embedded at the printer in Madrid (a week of lovely work).

But the book I most enjoyed editing was “Canciones de Noviembre“, a set of delicious poems written by Chusy Hernández. The book was my present to her for our 25th anniversary of happy marriage (1975-2001). It was intended to be a surprise, so I worked it out in conspiracy with a friend and poet, Arturo Maccanti, during several coffee or wine sessions. The book was indeed a total surprise! And we are still married…

Arturo unfortunately passed away in 2014. As a homage, here is a photo of him and Manolo Padorno († 2002) flanking Chusy in 2001. They were two great poets and fellows at the Canarian Academy of Language.

This second book of Chusy Hernández -Diary of a frog, in English is very special.  You can enjoy -only in Spanish, I’m afraid- her poetic style and profussion of images, but as in the Ulysses of Joyce, there is a hidden story embedded in the text. I wrote the preface giving the clues to the curious reader, so that the literarian result can be placed in the context of the triggering  events. It is a case of  literarian therapy.

This time, the editing of the book was assumed by my daugther Elena, and I only joined with some photos and tips. It is much fun to cook a book at home, and, indeed, most of it was prepared in the kitchen.

See Preface (in Spanish)

La calle del Castillo, larga, peatonal y estrecha, es una de las arterias que sube desde las inmediaciones del puerto hacia el corazón de la pequeña ciudad que es Santa Cruz. En ella late la urbe y el vivir de los chicharreros, que así llaman a sus habitantes. No hay coches sino trajín de personas y algunos turistas; un hormigueo apacible que resulta amable, como lo es la propia ciudad y la isla toda. Casi al final de la calle y abierto a una plaza esquinada, se encuentra la sede de la Mutua, un edificio señero de la época en que las navieras inglesas dominaban el comercio. En su planta baja, la librería La Isla ofrece un magnífico ventanal de cultura a la vieja usanza; enfrente hay un barito de siempre, con mesas en el exterior, donde se toma café o cualquier cosa, se charla sin prisas y se arregla el mundo, que es hábito muy nuestro. Allí se fueron apostando los periodistas y las cámaras. La espera fue muy corta.

A las 10:00 de la mañana, a pleno sol del día, se desató el tsunami. Coches de policía, agentes acordonando la entrada de la mutua, gritos soterrados, desembarco de la policía judicial, desconcierto, ruido, sesenta personas obligadas a salir a la calle, más ruido, vocerío, caras descompuestas, flashes, ajetreo de cronistas, desfile de cajas precintadas, declaraciones de las autoridades, más ruido, y la calle del Castillo colapsada, acumulando curiosos y sorprendidos para formar un coágulo mortal, porque es así como se infarta a una empresa. Un infarto diseñado para acabar con la cúpula directiva, no con la mutua en sí, que salud le sobraba. Sería por aquello del quítate tú para ponerme yo. Es el 15 de septiembre de 2009.

Hubo una etapa política en que escenificaciones justicieras de este tipo, orquestadas desde la metrópoli por el Poder, se repetían en los noticiarios a modo de aviso a navegantes. Que las acusaciones de estafa o de fraude resultaran luego ciertas o no, como es el caso, era lo de menos. Es la forma, con alevosía, lo que cuenta y siembra el daño. El tiempo hace su trabajo y el Poder sabe que un picotazo es suficiente para que el virus inoculado desate las miserias y envidias locales, ahora cómplices y aliadas en alcanzar el objetivo planteado. Así es. Así fue.

Viene a cuento evocar esta historia porque El Diario de una rana, que ahora prologo, se puede disfrutar como una delicatesen literaria puntual y aislada, pero es imposible captar su esencia de humanina ni apreciar su plenitud sin conocer los hechos subyacentes. La autora trabajaba en la Mutua aquella mañana del 15 de septiembre en que fue desalojada junto con sus compañeros. Es un cóctel muy violento cuando la sorpresa deriva en furia a medida que te vas percatando de lo que sucede; cuando la ignominia, la injusticia y la impotencia pisotean todo tu ser cual jinetes del Apocalipsis, y las furias liberadas amenazan con llevarse por delante cuánto te rodea y has amado; cuando las ratas se quitan las máscaras, y cuando las instituciones en las que siempre has creído se desvanecen en el humo de la Realpolitik y los ministerios pierden su mayúscula. No sé qué es peor, si una rebeldía difícilmente gobernable, o la desolación que sigue al desmoronamiento de las creencias, como la Nada en la Historia interminable de Michael Ende. Y Godot, que no viene. De hecho. Godot no existe, pero eso ella no lo sabía entonces.

Un alma herida es un ser mudo que acumula dolor y se refugia en la penumbra interior procurando asumir lo inasumible. Porque el shock traumático se produjo el día 15, pero el daño fue creciendo luego, inexorablemente, alimentado por las vilezas y traiciones desatadas.

Supongo que hay gente que supera traumas de este calado a base de llanto, o de venganza, o generando costras alrededor del pasado, o extirpando el dolor con un cambio de vida. Y quiero creer que también hay algunos pocos privilegiados capaces de perdonar sin olvidar: la superación perfecta.

Este libro demuestra que existen otras alternativas. No se espante el lector pensando que tiene en sus manos un exabrupto de amargura, resentimiento  y sed de justicia. Todo lo contrario.

Un buen día, la autora se sentó y empezó a escribir. Así se forjó el Diario de una rana, con pequeños párrafos, uno por día, a veces uno por semana. Cuando el alma es de poetisa, se despoja de los nubarrones en un destile terapéutico de lágrimas literarias, hondas o simples, pero siempre bellas, porque los sentimientos los son. La roca más dura acaba cediendo a la persistencia del goteo, e igual pasa con el mal rollo. Aunque lleve su tiempo.

Las parrafadas de esta rana escritora se pueden leer aleatoriamente, con el único enmarque de su propio texto: sin pasado, sin futuro, incluso inocentes. De algún modo, conmueven. Solo conociendo los orígenes de la historia, se comprenderá que es la vida aflorando tímidamente, brote a brote, hasta superar el estrago y recuperar su señorío.

Habrá que darle un beso a esta rana y convertirla en princesa.

Antonio Machado

La Laguna, 15 de septiembre de 2014

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VIERAEA, Ex-Editor of Zoology

I became interested in the world of publishing since my early years as student of Biology at the University of La Laguna. Dr. Wolfredo Wildpret, my professor of Botany, created the journal VIERAEA in 1970 and allowed me to assist with the correspondence, reading proofs and taking the drafts to be printed(a noisy place with a lovely smell of fresh ink). Once I graduated, I I was formally accepted as Zoology Editor for a short period (1976-1978). Later on, I joined the editorial board for another period (1992-1997) when Vieraea was moved to the Natural History Museum, at Santa Cruz, with Dr. Juan José Bacallado as Director.

My deep bibliophily is probably rooted in these years of involvement in the process of publishing: from the author’s manuscript to the end product with covers in your hand. I love printed books and journals as a whole, both content and container.

E-books belong to another world.

A BOOKSHELF IS A MERMAID ON LAND

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