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	<title>Travel</title>
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	<description>Antonio Machado, Ph. D. Multipurpose biologist (Entomology, Nature conservation, Environmental policy, etc.) based in the Canary Islands</description>
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		<title>CARTA DE ALEMANIA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Nov 2012 10:13:11 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Rheinland, 7-11-2012</strong></p>
<p>Desperté poco antes de que la alarma de mi teléfono móvil avisara que eran las 8:00. Me suele ocurrir. La habitación del hotel era espaciosa, limpia y la mañana de invierno la inundaba de una luz tímida, uniforme, sin sombras, muy propia de los áticos. Como todas las mañanas, hice la forma de taichi, esta vez en silencio, aplicando fuerza a los movimientos y agradeciendo el tacto suave de la moqueta bajo mis pies desnudos. El pijama holgado, quizás en demasía, facilitaba mis evoluciones y las patadas al aire. Un levantar estimulante, veinte flexiones militares y directo a la ducha y aseado habitual. Una vez leí que el número de veces que nos pasamos la hojilla de afeitar por la cara suele ser constante. Me pregunté si sería cierto.</p>
<p>Mientras me duchaba canté una canción marinera alemana: “<em>Wir lagen vor Madagascar, und haben die Pest an Board</em>….” La acústica del baño hacía que sonara bien (donde único, me temo), y entonces caí en la cuenta de que Madagascar es una divertida película de dibujos animados que trata de unos animales que se fugan del zoo de una gran ciudad para conocer la naturaleza, que por alguna razón centraban en Madagascar. Casualidad o jugarretas del inconsciente. Mi hotel se llama “Am Zoo” y al otro lado de la plaza se levanta el viejo edificio del parque zoológico de Frankfurt. Su director, el Dr. Manfred Niekisch, es uno de los miembros del comité editorial de una revista científica, el <em>Journal for Nature Conservation </em>y nos cede las dependencias para celebrar nuestras reuniones bianuales. Yo soy el editor jefe, y la reunión la tuvimos ayer. Todo bien.</p>
<p>Desayuné ligero en el bareto-retaurante del hotel, un espacio agradable, discreto, con colores otoñales. Como único elemento destacable han colocado una figura de mujer hecha de pasta, justo en mitad del ventanal central. Es una mujer gorda, tetudísima, con aros concéntricos de colores pintados alrededor de cada ubre, como si fueran unas dianas, y un enorme corazón rosado dibujado en el bajo vientre, allí donde debería descansar una hoja de parra. El contraste como arte, supongo; nada estridente, un toque diferencial, moderno. La clientela que se congrega a desayunar son gente mayor o ejecutivos de media asta; todos se fijan en la tetuda (imposible pasarla por alto), pero no hay comentarios ni chascarrillos.</p>
<p>Pagué la cerveza del minibar y salí del hotel con mi maleta de ruedas, bolso en bandolera, un buen chaquetón y gorra de esquiador. Es otoño y hace frío, pero es un frío estimulante. El traqueteo de las rueditas sobre las baldosas de la acera resuena tanto que tentado estuve de alzarla y llevarla en vilo. Pero la boca del metro no quedaba lejos del hotel. En un santiamén me planté en la <em>Hauptbahnhof</em> de Frankfurt, casi con una hora de anticipación. ¡Que son trenes, caramba, no aviones!</p>
<p>La estación central es un hangar enorme, altísimo y anchísimo, con la estructura de hierro vista, trenes que entran y salen lánguidamente, y mucho ajetreo de personas y anuncios por altavoz precedidos de un toque de campanita. Me recuerda a las películas de espías, en las que siempre hay alguien que toma el tren. Algo ciertamente exótico para un isleño.</p>
<p>Tomo un café asombrosamente rico y me fijo en el paisanaje. Ahora si se ven más alemanes que inmigrantes, al contrario de lo que ocurría en la mayoría de las pequeñas tiendas que flanquean las calles secundarias próximas al hotel. Además de por la dominancia de rubiales, a los alemanes se les reconoce por la forma de vestir, que recuerda al paisaje de su tierra, todo organizado, ajustado y bien rematado, sin estridencias y con los colores aplicados con sordina. Los inmigrantes se detectan por lo oscuro de su piel, por las prendas étnicas, o simplemente porque llevan ropa que parece prestada o mal terminada, como un trozo de madera al que nunca se le pasó una lija fina. De todos modos, se nota que llevan años residiendo en este país. Van al grano, miran menos a todas partes y aparentan civilizados. El hormiguero impone, supongo.</p>
<p>El tren llegó puntualmente cinco minutos antes de su partida. Todo correcto; lo contrario sería una afrenta para este pueblo diligente y meticuloso con el tiempo. Los vagones de primera tienen mesa y un sillón mullido combinando el azul con el malva. Hay pocos pasajeros y la travesía hasta Bonn promete ser placentera, arropado en un útero de confort mientras el paisaje desfila rápido, rapidísimo. Al otro lado del pasillo hay un señor mayor con chaleco y corbata, concentrado en retocar fotos familiares en un ordenador portátil. Se ayuda del ratón que mueve sobre el muslo de su pierna. Es diestro.</p>
<p>Según iniciamos el recorrido, cruzamos hileras de huertos familiares suburbanos, estrechos y perpendiculares a la vía. La agricultura de fin de semana parece ser muy popular y estos terrenos marginales no aptos para dormir, deben ser los más económicos a mano. Hoy es viernes y están vacíos de personas. Luego siguen los polígonos industriales con las naves tan acicaladas que parece una zona residencial de postín. Hay pocos letreros y solo alguna que otra chimenea de la que emana un vapor de agua blanquísimo, revelando su naturaleza real. Aquí no hay miseria, que diría mi amigo Quico Concepción, el pintor.</p>
<p>Al poco de abandonar las cercanías de Frankfurt y por un buen rato lució el sol, como queriendo borrar el ambiente plomizo de asfalto y nubes que sepultan la ciudad, a modo de un sándwich opresor. Ahora el paisaje de la Europa central se desparrama luminoso a ambos lados del tren y yo busco papel para escribir estas líneas desenfadadas e inocentes, como el propio paisaje y los recuerdos más inmediatos. Para algunas personas, el roce de la pluma estilográfica sobre una cuartilla tiene una magia especial. Yo soy una de ellas y me siento dichoso.</p>
<p>El trazado de la línea férrea serpentea siguiendo el valle del Rin, que es escarpado en su margen derecha y llano a nuestra izquierda. La ladera de enfrente es empinada y está cubierta de exten­sos viñedos inclinado que alternan con restos de bosque latifolio. En estos momentos ofrecen todas las gamas de ocres, rojos y amarillos con pleno fulgor. Los pueblos, blancos e impolutos, con sus tejados de pizarra caídos para que escurra la nieve, se extienden al pie, junto al río, con las casas apretadas unas a otras y flanqueados de sauces, álamos y fresnos. Destacan las torres de las iglesias, o algún que otro castillo señorial a media ladera o en lo más alto, vigilante y altivo.</p>
<p>No se ve basura y uno se pregunta si es mérito de la gente o mérito de la hierba que aquí crece abundante por doquier. La verdad es que sé la respuesta. El río no es ni muy ancho ni muy estrecho; la ladera ni muy alta ni muy baja, los poblados ni raquíticos ni excesivos. Todo resulta proporcionado y humano. Me produce desconsuelo que nuestra cultura hispana no disponga de una palabra tan conseguida como Landschaftspflege (= acicalamiento del paisaje).</p>
<p>Uno se reconcilia con la civilización recorriendo lugares como este, aunque dadas las fechas y los fríos apenas se vea a sus protagonistas. Leyéndome la mente, el sol se ocultó tras un nuevo manto de nubes y volvió el gris. Cierro el relato y pongo la capucha a mi pluma Pelikan, una reminiscencia de mi época de estudiante en el Colegio Alemán de Tenerife.</p>
<p>A menudo me pregunto, cuánto de alemán habrá en mí…</p>
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		<title>CARTA DE RUSIA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Aug 1996 12:00:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Travel]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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			<p>Me he levantado algo molido, quizás debido al traqueteo de ayer en el autobús, o tal vez por la dureza del suelo de la cocina donde dormimos. Doy tumbos de sonámbulo, pero ya en el exterior de la cabaña, el frescor de la mañana disipa el eco de mis sueños. Es el paisaje quien realmente me despierta. Un sol débil apenas se insinúa por el Este, sobre el lago y escondido entre las nubes. Las casetas y cabañas desperdigadas por la pradera se mantienen grisáceas y oscuras. Más atrás, las laderas cubiertas de taigá se ven manchadas por jirones de nubes que levitan inmóviles en el silencio de la mañana, incorpóreas, como la niebla difusa que pende sobre el espejo del lago. Hay magia en este sitio.</p>
<p>Me acerco a la orilla y hundo mis manos en el agua helada. Me salpico la cara y rompo el silencio y la quietud de la superficie. Al poco oigo un repiqueteo a mi derecha, a un centenar de metros.</p>
<p>Dos niños cabalgan a pelo sobre un caballo, cruzando a todo galope el largo puente que une las dos orillas del lago Telets­koye en su extremo norte, justo donde nace el río que se unirá al Katún para convertirse en el inmenso Ob (Obi para los españoles). Estoy muy cerca de las llamadas cuatro esquinas de Asia, punto donde confluyen Rusia, Kazaquistán, Mongolia y China ; en Siberia del SE, para más datos.</p>
<p>El puente que trepida bajo los cascos sin herrar del caballo es recio, de madera y está cubierto de estiércol de animal y de la mugre de los siglos. Los niños son kalmucos, o descendientes de ellos ; <em>Altai people</em> como los llaman los rusos en términos genéricos. Son de cabeza grande y rasgos asiáticos, aunque quizás su rasgo principal sea el que no sonríen cuando les saludas. Se quedan parados, con su cara de plato, mirándote sin comprender o comprendiendo tal vez demasiado a través de sus ojos achinados.</p>
<p>A lo largo del río Kulishman, que nutre al Teletskoye en su otro extremo, viven unos 3.500 kalmucos vinculados a un pueblo-granja fruto de la planificación soviética. Se llama Balykchá, que quiere decir «lugar con peces». Crucé el poblado a lomos de caballo, al paso, observando las cabañas de madera, las cocinas adjuntas, los huertos y frutales, las vacas campando por sus respetos por calles que no son calles y las caras que te miran quietas, un rato, si son adultas; de continuo, si son niños. La escuela, destartalada, y la estación de radio, algo menos perjudicada, señalan el inconfundible estilo de una dictadura, como otras tantas que he visto en África y América del Sur. Cemento y dimensión al servicio de la vanidad pretenciosa de una grandeza solo sostenida por la fuerza. La diferencia de escala y proporción entre los edificios oficiales y locales da medida de la magnitud de la opresión. Rusia no es lo que fue, o nunca fue lo que nos hicieron pensar que era. Miro el monolito que hay a la entrada del pueblo, adornado con alegorías a la producción agrícola y mensajes en cirílico que no sé descifrar. Es de aluminio y está ajado, solitario, rodeado de boñigas de vaca y guijarros. Sentí tristeza. Es como la espiga seca de una umbelífera ya florida y sin frutos. Caerá con el viento.</p>
<p>No soy justo. Debo explicar primero qué hago en Altai, a 9.700 km de mis Islas Canarias, y por qué me ha impactado Rusia tanto, con solo haber rozado el vello de este inmenso oso aturdido.</p>
<p>Hará como tres años, asistí a una conferencia sobre las áreas protegidas en Rusia que dio Nicolai Maleshin, director de la la Reserva de la Biosfera de Chernozem. Se encontraba en Tenerife con motivo de un viaje de estudio por los parques nacionales españoles. Miguel Castroviejo, entonces director &#8211; conservador del Parque Nacional del Teide ( y sucesor mío en el cargo) hacía de anfitrión y tuvo a bien invitarme. Entre las muchas diapo­sitivas que puso Nicolai me llamaron la atención unas que mostraban ríos prístinos surcando valles amplísimos, cubiertos de bosque, despejados y sin atisbo de presencia humana.</p>
<p>– «¡Qué interesante !, esto es como ver Europa antes de que el hombre la transformara !», – comenté, mientras Miguel devoraba la pantalla con ojos atentos. De pie, tras sus enormes gafas de montura clara, Nicolai, con su cuerpo de Rambo y cara de niño grande, explicó :</p>
<p>– «Esta es la Reserva de Altai, en Siberia. Yo fui su director durante 10 años ¿Por qué no vienen a verla ?»</p>
<p>Miguel y yo nos miramos sin excesivo convencimiento, y no recuerdo quien pronunció la frase mágica, pero allí quedó :</p>
<p>–«¿Y por qué no ?»–</p>
<p>La gran mayoría de los líos en que me he metido se han iniciado a partir de estas sencillas palabras. El hecho es que, tres años después y a través de contactos entre Nicolai y Miguel, que ahora trabaja en la Delegación española ante la Unión Europea, en Bruselas, el viaje cuajó.</p>
<p>Inicialmente éramos tres los aventureros y al final acabamos formando una expedición de once. Se apuntó gente del Jardín Botánico de Madrid (Félix Garmendia y Paco Pando) con Santiago Castroviejo (“Tatayo”) a la cabeza, hermano de Miguel y anterior director del Jardín ; Antonio García Valdecasas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, especialista en ácaros acuáticos, y dos botánicos gallegos, Enrique Valdés y Antonio Prunel, secretario de la Casa de la Ciencia de Orense. De Canarias vinieron «los Ángeles» : Palomares, director-conservador del parque nacional de la Caldera de Taburiente, y A. Fernández, del de Garajonay. Los dos son ingenieros de montes y ciertamente, ”tiran pal monte”. Las perspectivas de culminar muchos picos y dejarse la suela de las botas en las míticas montañas de Altai, les hizo desistir de otros planes que tenían trazados para el verano. Y también se apuntó Vicente R. Gracia, médico psiquiatra, botánico, entomólogo, erudito y escanda­loso ; un exuberante personaje que podría serlo de Cabral Infante, con hipocondría contagiosa ante cualquier situación nueva y sin cuya notada presencia el viaje hubiera sido otra cosa, ciertamente, más aburrida. En definitiva, una expedición científica a colectar material botánico y entomológico, formalizada y en toda regla.</p>
<p style="text-align: center;"> * * *</p>
<p>Llegar a Altai no es empresa fácil. Tuvimos que hacer escala de dos días en Moscú, luego volar 3 horas y media hasta Barnaul, a 3.400 km al este ; después 8 horas de autobús destartalado hasta Artubash en el lago Teletskoye, pernoctar y 6 horas más en barco para alcanzar el puesto de Chiri (tres cabañas), la auténtica puerta de entrada a la Reserva, a 70 km en el otro extremo del lago. Esto nos llevó 5 días que se repiten, con la salvedad de la parada de Moscú, en el viaje de vuelta. El tiempo “neto” en la Reserva de Altai se redujo pues a 16 días, de un total de 24 desde que salí y volví a Tenerife.</p>
<p><strong>La Rusia con Visa</strong></p>
<p>La Rusia que ven la mayoría de quienes la visitan, yo no tuve ocasión de conocerla. Es el San Petersburgo de los zares, el Hotel Moscú o el Hotel Ukrania frente al Kremlin. Es la Rusia que acepta Visa y que establece un abismo entre quienes poseen el pasaporte al crédito bancario, y quienes no. La Rusia de los dólares y la Rusia de los rublos.</p>
<p>Moscú pasa por ser hoy una de las ciudades más caras del mundo, al menos en términos relativos. Me explicaré.</p>
<p>El día que paramos en Moscú hicimos algunas visitas de rigor, como el periplo por el interior del Kremlin o la visita laberíntica a las múltiples capillas de San Basili. En el hotel donde acudimos a cambiar dólares (inmaculados y posteriores a 1990) todo tiene el sabor de cualquier buen hotel mundano, con sus escaparates abiertos a los salones, trasiego de clientes bien trajeados y la mirada atenta y discreta de conserjes y botones. Quizás la única novedad sean las jóvenes rusas que merodean en los alrededores, ataviadas con trajes negros ceñidos y cortos de falda que realzan la hermosura de sus cuerpos de muñecas de pelo rubio y ojos claros ; hasta sus senos breves, enhiestos y bien demarcados, parecen frutos jamás tocados que incitan a la profanación. Allí esperan a que los botones reclamen su presencia en algún pasillo, número cualquiera, de la habitación que sea. Sí, las putas de Moscú son muñecas a las que no pega un calificativo tan sonoro y rotundo. Son putillas de Visa, para decirlo con más ternura.</p>
<p>Después de pasear por la Plaza Roja y tener la oportunidad de comprobar la severidad y represión de la guardia rusa al visitar la tumba de Lenín –hay que desfilar ante él en pleno silencio y orden borreguil–, el grupo hispano decidió ir a comer a un buen restaurante, quizás como sonora “apertura” de nuestra expedi­ción, o puede que forzados por la ausencia de cafés, <em>snacks</em> o bares que jalonan cualquier calle de cualquier ciudad occiden­tal. Acabamos en el Sudar, un restaurante abierto en un sótano, de estilo sobrio y con cierto atisbo de elegancia en la disposición de la cristalería y las servilletas. Los servicios higiénicos, impecables. Caviar fresco traído del lago Baikal en avión, cerveza rusa, esturión guisado y vino. Una buena comida que al cambio salió a unas 5.000 pesetas por barba, precio más que razonable para un restaurante equivalente en Madrid, por poner el caso. Una habitación individual en el Hotel Ukrania cuesta 14.000 ptas, y en el Moscú Palace 42.000 . Se paga en dólares y nada de esto resulta escandalizador, por supuesto. Pero.</p>
<p>El sueldo mensual de Nicolai, biólogo funcionario del Estado, es de 13.000 ptas netas (probablemente estuvimos desacertados en llevarle a comer con nosotros). El coste de la vida anda por las 2.000 ptas y el salario mínimo es de apenas 1.000 (cifras mensuales). Un puesto callejero en la zona central de Moscú ofrecía pinchos de carne a 4 dólares (520 ptas). La Rusia sin Visa no come pinchos.</p>
<p><strong>La Rusia gris</strong></p>
<p>Es fácil comprender que Nicolai, en cuyas manos dejamos la organización del viaje, evitara ubicarnos en un hotel del centro de Moscú. Para pasar las dos noches de estadía obligada, alquiló un piso en uno de los bloques-vivienda estándares que hay a cientos en la periferia de la capital (8 millones de habitan­tes). Todos son iguales e imposibles de diferenciar ; altos para­lelepípedos que se disponen cerrando un inmenso campo central donde aparcan los coches y se encuentran los centros oficiales de suministro para la barriada. Los coches los cubren con cajones metálicos, a modo de garajes monoplaza, de manera que nunca se sabe si hay realmente un coche escondido bajo cada coraza. En estos bloques viven todo tipo de personas, desde ingenieros a simples obreros. Ahora también hay quien alquila pisos.</p>
<p>En todo Moscú parece no haber problema de espacio. Las avenidas, los parques, los bloques, su separación ; todo está hecho a gran escala; nada que ver con el mundo mediterráneo o árabe. Esta es una Rusia triste, silente, que no sonríe ; la que aún no ha despertado del susto de su descalabro ; la que no sabe como emprender soluciones ; la Rusia sin iniciativa.</p>
<p>El piso en el que nos repartimos por el suelo de la sala, cocina y dormitorios, con muebles que algún día brillaron y estaban enteros, bombillas que tuvieron tulipa, es un buen ejemplo de la penuria de la Rusia sin Visa. O de la desidia, simplemente.</p>
<p>El grifo del baño no cierra &#8211; goma gastada &#8211; y el chorro de agua caliente y humeante se pierde por el sumidero permanen­temente. Es un ruido diurético. En la cocina, mugre aparte, la situación de la grifería es la misma, y también con agua caliente. Como canario acostumbrado a economizar el agua, aquello me escandaliza tanto que tomo mi cantimplora y el cronómetro. Calculo el consumo : cuatro litros por minuto, o sea, 5.800 metros cúbicos al día y todo por dos (baño y cocina). Se lo comento a Nicolai y, para mayor asombro, me dice que es una situación harto normal y frecuente en los bloques-vivienda de todo Moscú. El agua no cuesta dinero y es calentada por el proceso de refrigeración de las centrales térmicas que aportan fluido eléctrico y están repartidas estratégicamente. Me resulta imposible imaginar el volumen total de agua que corre de continuo cañería arriba y sumidero abajo. !Cielos¿ el problema de Rusia es que se desagua. ! Pienso en lo que he dicho y no me parece acertado del todo. No es el agua que se pierde lo que desangra a Rusia ; es el hecho de dejar que ocurra, de no desarmar el grifo, reponer el trozo de goma y frenar tanta desidia.</p>
<p>Salgo al balcón (1 x 2 m) de nuestro sórdido refugio. Desde el piso décimo, domino el conjunto de varios bloques ; abajo, el espacio común que hace de plaza, aparcamiento y zona de juego. Deduzco que deben haber dos o tres centros de suministros, pues se ven entrar y salir rusos, silentes, con su bolsa y carrito en la mano. No hay ruido ni bullicio. Tres niñas juegan a la pelota y lo hacen en un silencio incongruente. Nadie grita desde las ventanas. No se oye música. Nadie canta.</p>
<p>Me intriga. Siempre hay una o dos personas que van para algún sitio. Pero no hay prisas, no se forman grupos, no se discute en la calle. Veo a tres señoras con el pelo cubierto con un pañuelo blanco, sentadas en tres troncos (zona de recreo infantil, muy deteriorada). Supongo que hablan entre ellas. Un señor que sale lleva traje con corbata, y maletín. Va sólo. Debe ser ingeniero. Ya dije que aquí viven gente de varias clases, mezcladas.</p>
<p>Supongo que los pisos por dentro serán diferentes, pero ello no quita que el portal y los ascensores huelan a sexo, a viejo, como los barrios bajos del Cairo ; que las bombillas estén rotas y la mugre sea el decorado general. Los balcones que atisbo a ver desde el mío, no desvelan mejor situación. Mate­riales acumulados ; algo de ropa tendida ; quizás un trineo viejo y, con suerte, el humo solitario de alguien que fuma su cigarrillo mientras observa o se toma un yoghurt mirando al vacío. Vida hosca bajo un día radiante y hermoso, con árboles verdes y vigorosos. Solo los grandes grajos negros y grises vuelan en grupitos y levantan la voz de cuando en cuando.</p>
<p>Estos rusos tristes son muy abundantes en Moscú. Se les distingue allí donde estén por su individualidad, porque nunca forman masa. Su mejor distintivo es, sin embargo, la bolsa de plástico que cuelga fiel de la mano rusa, sin balanceo, llena de intriga o ya vacía de esperanzas. Son bolsas recias y con dibujos muy modernos y llamativos, en su mayoría emblemas de marcas que nos resultan familiares (Cristian Dior, Benneton, Cacharel, etc.). Estas bolsas son compradas. Su colorido contrasta con los tonos apagados de la ropa rusa. Todos las llevan. Van o vienen, no se sabe. Nunca se ven abultadas.</p>
<p>Los bloques viviendas están separados por arbolado o zonas de campo abierto, que hace las veces de jardín. No se aprecia apenas basura o papeles tirados, pero no he logrado averiguar si es que los rusos son gente limpia, o que simple­mente no abundan las cosas con que hacer basura. En estos jardines se ven perros bien cuidados y siempre de buenas razas. Sus amos los llevan con correa y a muchos con bozal, para que no muerdan, o tal vez, para que no ladren. Así, dueño y can pueden pasear en silenciosa complicidad.</p>
<p>Antes llamé tristes a estos rusos, pero aunque a mi me lo parezcan, creo que me equivoco. No, no están dominados por la tristeza. Es la ausencia de algo lo que los caracteriza. Como el velero sin viento, pero a flote ; no sumergido.</p>
<p><strong>La Rusia olvidada</strong></p>
<p>El vuelo de Moscú a Barnaul fue largo y sereno, con la salvedad de una ligera turbulencia al superar los Urales. El resto es estepa verde e inmensa, recorrida por innumerables ríos de cauce confuso y que culebrean dejando meandros perdidos en búsqueda de la esquiva pendiente máxima. La estepa se ve más infinita desde el avión, pues las ciudades y pueblos –que algunos debe haber– se pierden en la calima. ¡Qué territorio más descomunal !</p>
<p>Aterrizamos en Barnaul. El tufo a amoniaco e inmundicia que reina en los servicios higiénicos del aeropuerto resultan engañosos. Todavía no es el fin del mundo.</p>
<p>Barnaul es una ciudad importante, con universidad y varios institutos de investigación vinculados a los abundantes recursos minerales de la región. Las tiendas están bien nutridas y se ven coches nuevos y modernos (quizás más que en Moscú). Los Mercedes-Benz son indefectiblemente parados por la policía. ¿Qué controlan ? No lo sé. Dicen que Rusia funciona ahora gracias a las mafias. Son varias, están bien organizadas y parece que hasta son generosas cuando pagan por los locales o viviendas que te obligan a venderles. En fin. Debe ser descorazonador comprar un buen coche y convertirse en presunto mafioso. ¿O quizás no ? Cada sociedad acaba por generar sus propios héroes.</p>
<p>Barnaul tiene, no obstante, un cierto sabor a oasis. Fuera de su recinto se extiende otra Rusia que vive y sufre sin que parezca importar a nadie ; que existe y no existe a la vez : la Rusia olvidada.</p>
<p>En el recorrido hasta Bisk y luego a Artubash pasamos por pequeñas poblaciones de las que no podría destacar nada en particular, pues hasta su trazado y composición parecen cómplices del olvido. Casas de madera, huertos, cercas y poco trasiego. Un paisaje dibujado con sordina.</p>
<p>Turachak es la capital de la región autónoma de Altai (son 89 en total), que cuenta con unos doscientos habitantes. Olvidada en la vastedad, es igual de insípida e impersonal que el resto. Hasta allí tuvimos que desplazarnos en nuestro viaje de vuelta, pues había que obtener un visado de salida, so pena de pagar en el aeropuerto de Moscú una multa de 600$ por cabeza al abandonar el país. Y, ciertamente, ya veníamos bastante desangrados por “propinas” y pequeños sobornos que jalonaron nuestro paso por el sistema público de transporte ruso. Domodedovo, el segundo aeropuerto de Moscú, lo recordaremos cariñosamente como “Todomeloquedo”.</p>
<p>La oficial que extendía visados en Turachak no trabajaba por la mañana, impedimento que se subsanó con una botella de champán ruso y unos bombones, oportunamente entregados en la puerta de su casa. Nicolai, que no siempre sabía cuanto cobrarnos por algunos de los servicios apalabrados (autobús, barco, etc.) era, sin embargo, muy certero a la hora de estimar la generosidad de los “regalos”. Los viajes por el tercer mundo son así, como una máquina compleja a la que hay que ir untando de grasa aquí y allá para que la cosa ande. Nos fue muy útil la pericia de Nicolai en estos menesteres.</p>
<p>Cruzamos inmensos campos de suelos oscuros y muy fértiles, reflejando un mosaico de rotación trianual.. Todo a escala rusa ; sobredimen­sionado. ¡Qué riqueza de territorio !, pero ¡que dureza ! No se ven casas ni poblados, sino las entradas a las granjas comunales ubicadas estratégicamente para facilitar el trabajo y recogida de las cosechas. Pero tremendamente aisladas, como náufragos en un mar de cereales. Así no circula la “humanina”, esa droga tan necesaria para nuestra especie, que es eminentemente tribal. Ni siquiera el gran frío puede acallar su reclamo ; la avidez por el contacto físico, el manoseo o el mero trasiego de afectos. Que el destino nunca prive a los pueblos de una mínima dosis de humanina.</p>
<p>Más hacia el Este y a medida que el terreno se hace montañoso por la proximidad de Altai, los bosques que antes salpicaban el territorio pasan a dominar el paisaje y la “economía”. Se ven asentamiento de serrerías y algunos poblados dispersos en la inmensidad forestal, pues ahora es un océano de árboles el que remata el horizonte. Todo está como parado, y la poca actividad que se observa es lenta y cansina. Me cuentan que tienen serios problemas con el transporte, que habiendo madera, no hay forma de enviarla a sitio alguno. Que las máquinas languidecen por falta de recambios o combustible.</p>
<p>Es cierto. Se ve muy poco tránsito por las carreteras y la sensación de vacío es generalizada. Con todo, las gentes no parecen pasarlo mal ni se perciben síntomas de miseria. Las familias se han replegado sobre sí mismas ; tienen sus animales y huertos, intercambian algunos productos y la cosa funciona. Además y, sobre todo, tienen cultura y siglos de historia acumulando paciencia , que es mucho tener. Estos rusos olvidados parecen un pueblo hecho para resistir, y lo hacen de forma plácida, sin aspavientos. No hay analfabetismo. Se vive sin más, tranquilamente y se espera. Se espera.</p>
<p>Me dicen que lo que más aprecian los rusos de estas regiones es una buena conversación. Algo así como nuestras tertulias, pero sin la sensualidad y holgazanería mediterránea que tanto nos subyuga. Nosotros nos arremolinamos junto a un café o una copita  y la conversación languidece a medida que los contertulios inventan excusas importantes y se van despi­diendo. Ellos se reúnen junto al fuego y gustan más de contar historias que hacer especulaciones. Y así, hasta que terminan abatidos por el vodcka.</p>
<p>Leí en una guía turística de Rusia que el mayor problema de Siberia es el alcoholismo, extendido al 90% de la población. En aquel momento me pareció una exageración.</p>
<p>El ruso traga vodcka –o el alcohol de 96º que llevábamos para nuestro herbario– con gran soltura y fervor. Digo que “traga”, porque no lo bebe. La boca es un mero trámite. El alcohol cae directamente en el estómago, con suerte se emulsiona con la grasa de la comida que atempera la cosa ; pero seguirá por el torrente sanguíneo rumbo al hígado, que pronto se verá desbordado, dejando pasar alcohol sin descomponer directamente al cerebro. Un ruso beodo es un espectáculo común y socialmente aceptado ; o asumido. Esto último es lo que más impresiona.</p>
<p>Nuestro primer contacto con los kalmucos del interior de Altai se produjo en Akurum, cuando de noche divisaron nuestro campamento y uno se acercó a preguntar si llevábamos alcohol. Ya antes, uno de los marineros del barco que nos ayudó a cruzar el lago Teletskoye, se nos plantó junto al campamento, ya a oscuras y después de haber consumido Dios sabe qué bebida. Así estuvo durante un buen cuarto o media hora, como un perro a la espera de migajas. De vez en cuando pronunciaba : “al-ko-hol” y tiraba levemente del pantalón de Santiago.</p>
<p>El vodcka es caro. La botella cuesta unos 85.000 rublos (al cambio 2.000 ptas), frente a los 3.500 de una cerveza. Pocos se lo pueden permitir, de modo que la mayoría fabrica sus propios productos alcohólicos con los que castigarse el hígado y el alma. Todo exceso es malo, y en esta Rusia olvidada hay sobredosis de alcohol y silencio.</p>
<p>Las tiendas oficiales en los pueblos son muy diferentes a las de Barnaul o Moscú. Son amplias y espaciosas, pulcras y los pocos productos que tienen están perfectamente ordenados en larguísimas estanterías. Guisantes, harina, fideos, o lo que sea, metidos en bolsas plásticas de igual tamaño. Laterío ruso y algo de importación. Los clientes entran esporádicamente, miran en silencio un buen rato y luego piden : una cajetilla de cigarrillos ; una hogaza de pan, o una lata de sardinas. No se hace la compra ; simplemente adquieren uno o dos objetos que no consiguen producir, o porque quieren celebrar algo. Las dependientas, tres o cuatro por tienda, despachan pulcras y calladas, y luego se incorporan al escenario de mercancías hieráticas. Quizás algún día las estanterías estuvieron atiborradas y hubo bullicio en estos salones desolados.</p>
<p>A qué esperan&#8230;., ¿a que venga Godot ?</p>
<p><strong>La Rusia natural</strong></p>
<p>Rusia es enorme. Su extensión es impensable para un isleño y, cuando se observa desde el avión esa vastedad que es la estepa rusa adornada por meandros de ríos que vienen o van sin saberse dónde empiezan o dónde acaban, entonces, como digo, de solo pensarlo, da vértigo.</p>
<p>En Rusia cabe de todo y por eso no ha de extrañar que allí, a diferencia de lo que ocurre en muchos países europeos, quede aún suficiente Naturaleza ; como en las “tierras vírgenes” de Jack London.</p>
<p>La Reserva de Altai compensó con creces los esfuerzos por llegar hasta ella. Ya al desembarcar en la playa llena de guijarros y maderos, al fondo del lago Teletskoye, todos sentimos ese gusanillo que nos dibuja interrogantes en el estómago. Paisajes por descubrir, una paliza de caminata por delante, muchas incógnitas, los osos, los lobos &#8230;. en definitiva, el regusto por la aventura, esa vieja sirena que mueve el vitalismo humano.</p>
<p>He de confesar que el mérito de gran parte de la excitación del grupo debemos atribuirlo y agradecérselo a los osos. No vimos ninguno, sea dicho por delante, pero en todo el periplo nuestro grupo padeció psicosis de oso. Ya en el pisito de Moscú Nicolai aderezó las chácharas nocturnas con todo tipo de historias sobre osos, incluidas sus peripecias durante la época en que fue Director de la Reserva de Altai. Aunque los plantígrados no son mi especialidad, yo tenía sinceros deseos de ver a estos magníficos animales al natural, mientras que a Vicente con su “hipocondría”, se le erizaban todos los pelos de la barca cada vez que alguien los mencionaba. Pero se portó bien; no llegó a desmayarse. Así que, con ánimos contrapuestos , oímos ruidos nocturnos que nos aceleraron el corazón (&#8230;probable­mente nuestros caballos rascándose&#8230;), localizamos excremen­tos de osos rebosantes de arándanos, vimos huellas frescas y hasta olimos a los osos. Pero no vimos osos.</p>
<p style="text-align: left;">El “cuerpo expedicionario” se integró pronto y muy bien, incorporando a los guardas Genia y Valiera, que trajeron los caballos (cinco) para la carga. Con ellos vino también Taigá , una vivaracha y flaca perrita negra de manos y pecho blanco, que pronto fue adoptada por todo el grupo.</p>
<p style="text-align: left;">Las vivencias de campo adquieren un grato velo cuando se rememoran desde un sillón confortable. El frío, los sudores, las angustias y los sustos se olvidan pronto, y queda el reposado recuerdo del gran paisaje y el calor que emana del compañerismo vivido. En Rusia la terminación “a” es afectiva, de modo que Antoni, cuando hay confianza, deviene en “Antonia”. Así que pronto nuestro grupo pasó a estar formado por Santiaga, Vicenta, Miguela &#8230;.</p>
<p>A los pocos días de estar desconectados de nuestro complejo mundo civilizado, todo adquiere una nueva dimensión, o debería decir, la vieja dimensión. El tiempo, sin ir más lejos, recupera su ritmo natural, y al son de la luz acoplamos nuestros quehaceres como si nunca hubiéramos hecho de otra manera. La ausencia de ruidos tecnológicos, el reloj guardado, la rebeldía ante el afeitado, el capear la lluvia, el dejar nuestros excrementos sobre la hierba como cualquier mamífero, todo se confabula en un estado muy especial que me atrevería a definir como simple, auténtico y placentero.</p>
<p>&#8211; ¿Hoy es lunes o jueves?. &#8212; Igual da&#8230;.</p>
<p>Y qué bien se entra en el sueño embutido en el saco de dormir, con el cuerpo reventado tras kilómetros de larga caminata, pero con el espíritu sereno. Ni las tormentas que aguantamos, algunas con violencia, turbaron sueños tan justos.</p>
<p>Se me hace difícil describir el Altai natural que tuvimos el privilegio de conocer y compilar tantos días intensos en un relato coherente. Naturaleza y vivencias se amalgaman involuntariamente. Quizás lo más sensato sea entresacar algunos pasajes de mi libro de campo. Este es un vicio muy mío. Cuando me enfrento a un territorio nuevo, siento la necesidad de registrar aquello de algún modo, sea en foto, en dibujo o escribiendo. Y a menudo hago las tres cosas a la vez. Valga una muestra:</p>
<p>8 de agosto, lago Telestkoye</p>
<p><em>«Hemos acampado en un sitio idílico con el único sonido de las pequeñas olitas del lago y el crepitar del fuego. Las laderas de las montañas enmarcan el fondo del lago y al frente, donde se pone el sol, se levanta la otra orilla. Todo es calma y grandeza ; la playa amplia, llena de leña, y a nuestra espalda una marisma con bosque. Hemos cenado fabada con arroz en un ambiente de campamento de lo más auténtico. Los demás se han retirado a sus casetas. Escribo a la luz del fuego y de mi linterna. Bon nuit&#8230; bon journé&#8230;. .»</em></p>
<p><em>        &#8230; Anoche me desperté alertado. En un momento dado debió cesar el viento y el ruidito de las olas. Ningún grillo, ningún acrídido, ninguna ave, ningún motor lejano, ningún viento. Silencio absoluto y solo el retumbar de mi corazón agitado que, al calmarse, hizo el silencio aún más patente. Es la primera vez que me despierta el silencio. Sic. »</em></p>
<p>9 de agosto, ascenso hacia Bajs</p>
<p><em>«Al subir a Ayu Kohl hubo un momento en que Nicolai y los guías se quedaron reorganizando la carga sobre los caballos, y por una hora me toco ir a la cabeza abriendo el paso. Fue ciertamente emocionante, al menos para mí. Vi huellas muy recientes de oso en la misma senda (la única que existe). Hizo hoyos y en un sitio donde se tumbó, la hierba estaba aun fresca y apenas marchita. Pasó antes que nosotros, probablemente a primera hora. También vimos huellas (4 cm) de un cérvido pequeño y de felino grande (¿lince ?). Es emo­cionan­te ir por un sendero donde puedes toparte con un oso. A Nicolai le ha ocurrido con frecuencia. Nosotros probablemente organizamos demasiado ruido.»</em></p>
<p>10 de agosto, laderas del Küga</p>
<p><em>« En la Enciclopedia Británica describen la taiga como un “swampy coniferous forest”. Hoy hemos penetrado en lo que aquí llaman taiga negra, y el nombre le va al pelo. Es un magnífico bosque con dominio de abetos, pino silvestre y de Siberia, y muchos abedules. Algunos pinos han de superar los 500 ó 700 años, pero son de copa estrecha de manera que entra bastante luz y el sotobosque es rico. El suelo es hidromorfo y cada dos o tres metros encuentras algún tronco caído cubierto por un manto de briófitos, Oxalis o licopodios. Hay sitios donde caminas sobre una alfombra de “cadáveres”. Es impresionante la cantidad de leña que forma el suelo </em>;<em> quizás lo que más llama la atención de estos bosques vírgenes. En las zonas más pendientes los árboles son igual de imponentes, pero el suelo no está tan ensopado, aunque el nivel de madera muerta es equivalente. Se ven pinos con señales de rayos.» </em></p>
<p>11 de agosto, Yar-Lugol a 2200 m de altitud.</p>
<p>« <em>La visión de Altai desde lo alto es imponente. Hasta donde da la vista es reserva; cadenas y cadenas de montañas sin átomo de civilización, salvo por los restos de metal de los satélites rusos que andan desparramados por estos parajes. Aparecen trozos de aluminio en los sitios más insospechados. No sé qué decir. Supongo que me disgustaría más encontrar una lata de Coca-Cola.» </em></p>
<p>12 de agosto, lago de Ayu-Kohl (1.820 m altitud)</p>
<p>« <em>¡Vaya noche!. Empezó a llover sobre las diez y media y se instaló una tormenta que duró hasta las nueve de la mañana. La lluvia vino acompañada de ráfagas de vientos fuertes y arremolinados que atacaban la tienda desde distintos ángulos. He descubierto que mi tienda está construida de forma que se abate cuando le da el viento y se yergue enseguida, como una palmera o un tentetieso. Relámpagos y truenos en abundancia, cada 4-6 segundos. Todo un bautizo. Sin embargo, al rato me acostumbré a las ráfagas de viento y me dormí arrullado por el repiqueteo del agua. No hay nada mejor para el sueño que estar absolutamente reventado. Lo dice un escombro sincero</em> <em>.»</em></p>
<p>13 de agosto, valle del Surijza</p>
<p>« <em>La caminata de hoy ha sido respetable, cinco horas y media en la que habremos cubierto unos 18 km. Fuimos por las lomas dejando atrás las cabeceras de varios valles. El recorrido, sobre los 2.000-2.200 m de altitud se hizo más o menos llevadero, pues por la pradera alpina se camina con comodidad, con la salvedad de algunos tramos donde te ensopas los pies en las turberas o crece el Salix y la Bétula rotundifolia. Caminar entre este matorral resulta muy penoso, pues las ramas bajas te golpean las canillas, rodillas y algo más arriba. No les falta razón a los rusos rusos que llaman al Salix “rompehuevos”. </em></p>
<p><em>El valle del Surijza, nuestro objetivo del día, resultó ser el tópico que venía buscando. Es amplísimo y con muchos valles subsidiarios; todo tapizado de bosque que deja al centro una amplia zona húmeda por donde discurre y meandrea el río. Seguro que así fue   Europa antes del hombre. Esto podría ser cualquier lugar de Alemania o Suiza, solo que virgen. La Naturaleza es grandiosa. Imagino la excitación de un colono ante un panorama como este.»</em></p>
<p>14 de agosto, campamento en Surijtza</p>
<p><em>«Valiera se ha puesto a preparar el té. Siempre que paramos, se levanta un campamento o se regresa de algún sitio, el té es obligatorio. Ellos lo llaman té, pero Enrique y Santiago han descifrado más de una veintena de hierbajos en su composición, y alguno de sospechoso propósito. Pero es bien rico y reconforta.</em></p>
<p><em>A pesar de la rutina, Valiera parece contento y tararea algo de ópera. Reconozco fragmentos de Carmen que me hacen sonreír. Ya sé que entre estas gentes no hay analfabetismo, solo que se hace raro ver a un arriero sacar un libro lleno de mugre de las alforjas y enroscarse junto al fuego para leer. Pido a Nicolai que me traduzca el título del libro que lee Genia. Es “El Principito”, de Saint-Exúpery.»</em></p>
<p>15 de agosto, camino del Artishtú</p>
<p><em>«Hoy estuvimos caminando un total de 8 horas. Levanté infinidad de piedras, todas “potables”, pero nada de nada; solo 6 ejemplares de un Syntomini </em>(=pequeños escarabajos)<em> al subir el repecho de un puerto, donde el clima puede que sea algo distinto, pues Santiago también encontró plantas diferentes. Por una vez que encuentro piedras entre tanto tapiz de líquenes y arbustos, ¡nada! Si se quieren coger coleópteros aquí habría que trampear a base de bien.» </em></p>
<p>16 de agosto, valle del Artischtú (1.920 m de altitud)</p>
<p><em>¡NIEVA!. Cuando abrí mi tienda para sacar la cabeza, ya vi patinar algo por sobre el plástico. Pensé en la escarcha, pero al asomarme los primeros copos me cayeron en la cara y me recibió un paisaje hermosísimo, indescriptible, blanco y gris. Hacia mi tienda se dirigía Genia con un cazo en la mano, embutido en su gabán y el gorro ruso calado hasta las cejas. Con una amplia sonrisa revelando todos los dientes dorados, me saludó en español con una frase recién aprendida: </em></p>
<p><em>-”Hoi &#8211; por &#8211; la &#8211; mañiana &#8211; iestá &#8211; nievando” . Para no ser menos le respondí:</em></p>
<p><em>&#8211; “!Dobri, dobri udra!”-</em></p>
<p><em>Luego me quedé un rato anonadado y contemplando tanta belleza hasta que me di cuenta que los copos se metían en mi tienda. Sentí deseos de llorar; pasajeros, pero puede ser que la hermosura también genere llanto.»   </em></p>
<p>La Reserva de Altai es enorme, con 869.000 hectáreas; o sea, más grande que Canarias. Por el Sur linda con el valle del río Kulishman, donde subsisten unos 3.500 kalmucos. Hasta este valle descendimos siguiendo el cauce del Artishtú.</p>
<p><em>«Emprendimos la bajada por un bosque montano similar al del valle del Surijza; una bajada rápida sin mayores contratiempos que alguna parada para reorganizar el equipaje de los caballos. Debido a la pendiente se desequilibra cada tanto. En un momento dado llega­mos a un escarpe donde la pendiente se hizo muy pronunciada y el camino se convirtió en un zig-zag, paredón abajo. La vista que se abrió sobre el amplio valle glacial del Kulishman, justo donde se une al Tchulcha, es para quedarse boquiabierto. Además del paisaje, tam­bién nos alegró la tarde el cambio de vegetación. Estas laderas están más soleadas y debido a la menor altitud, hay muchas plantas en flor y mayor diversidad. Los botánicos han vuelto a levitar. No es para menos. </em></p>
<p>17 de agosto, Karatsu (1.250 m)</p>
<p><em>Hoy ha sido un día de reposo. Me ha venido bien, pues tengo el tendón del pié derecho algo perjudicado. Cojeando subí por el bosque de abedules buscando el cauce del río. Al final lo encontré y allí en un tranquilo tramo estuve dos horas dedicados a lavar algo de ropa y a mi mismo. El agua baja con violencia entre las rocas y está fría que corta. Metí la cabeza cosa de segundos, pues el agua produce dolor, de modo que tuve que lavarme por partes y con suma paciencia. Tampoco logré dejar los calcetines muy blancos, pero al menos quedaron lavados y sin olor. Me afeité, que siempre ayuda a la sensación de limpieza. Ahora llevo un buen rato tranquilo, fumando mi pipa, escribiendo y cuidando el campamento pues los demás se han desperdigado para dedicarse cada uno a su cosa. </em></p>
<p><em>&#8230;. Por la tarde me dí un garbeo por los alrededores del campamento, pasito a pasito. Colecté unos cuantos carábidos, lo que me mantuvo entretenido. Parece que a estas altitudes están aún activos. Salió el sol y pude recrearme contemplando las Parnassius en vuelo. ¡Magnífico bicho! También me pasé diez minutos observando el galanteo de un saltamontes macho a una hembra, que además de ser coja y después de todo, le rechazó. </em></p>
<p><em>&#8230; Angel Palomares y Antonio Prunel están empeñados en preparar pan. Yo aprovecho para escribir y descansar el pie. Santiago y Enrique están cambiando los pliegos del herbario. Valdecasas recoge la colada. Cielos, parece como si lleváramos años en esto. »</em></p>
<p>18 de agosto, río Kulishman</p>
<p>« <em>Tumbado y admirando el paisaje me dejé llevar hacia el mundo de mis responsabilidades en casa. Qué lejanas y qué próximas. Teóricamente me he de incorporar a la función pública estos días. Pedí vacaciones aunque no sé si tengo derecho a ellas. En fin, a mi vuelta he de tomar decisiones importantes que sé que van a afectar mi vida y la de los míos. Ahora prefiero entregarme al hedonismo de este paisaje, a las aguas que corren llenas de vida, y a la luz del sol, cada vez más tumbante y cálida. Es domingo en la Naturaleza. »</em></p>
<p>19 de agosto, río Tchulcha</p>
<p>«<em> Escribo estas líneas en una suerte de paraíso. Ante mí se extiende una playa de arena fina, con sauces y pinos detrás. Estamos en el fondo del valle del Tchulcha donde se forma una catarata sobre una escalera de grandes bloques caóticos. Tumbado en la arena después del baño, cierro los ojos y escucho el fragor del agua. Es tremendo ; se oye lo mismo que dentro de un avión (turbina + aire acondicionado). Curiosa transmutación&#8230;</em></p>
<p><em>&#8230; La caminata de vuelta al campamento casi se nos complica, a pesar de que esta vez fuimos en grupo. Félix se dio con una piedra (raspón en el hombro), y Angel Palomares casi se nos va por un precipicio cuando al cruzar un torrente patinó en las piedras mojadas y cubiertas de musgo. A mí, en un momento me dado, me dio una flojera de estómago apoteósica e intempestiva. Veremos si la cosa repite. Mejor dejo de probar tanto fruto silvestres.» </em></p>
<p>20 de agosto, de Akurum a Kockpash</p>
<p>« <em>Quizás lo más placentero de la tarde fue el rato que pasé en la planicie aluvial. Encontré el remanso de un meandro con suelo arenoso y hierbitas ralas, y al poco divisé una Cicindela. Son preciosas. Había dos especies, una de ellas de color verde y rojo metálico (una auténtica joya) y otra parda con dibujos claros. Son escarabajos depredadores, tienen las patas larguísimas y corren como demonios, pero lo peor es que vuelan como si fueran moscas. Me pasé una hora y pico dando saltos y tirándoles mi gorra de tela antes de que levantaran vuelo. Se me escaparon algunas, pero fui mejorando la técnica y al fnal cayeron una buena docena. Fue un rato de cacería entomológica glorioso, pues las Cicindelas son un tópico y en Canarias no las tenemos. Placeres que te dan los bichos. »</em></p>
<p>21 de agosto, río Kulishman</p>
<p><em>«Amaneció despejado y con calma chicha. Los Zuphius -grandes saltamontes de alas rojas- iniciaron sus vuelos nupciales nada más salir el sol. Levantan el vuelo directo hacia arriba y cuando suben hacen estridular sus alas produciendo un sonido fuerte (¡chirrrrrrrsssssssssss!); luego planean un poco y se dejan caer para volver a iniciar otro ascenso antes de tocar el suelo. Este vals lo pueden mantener hasta 40 segundos en el aire. </em></p>
<p><em>        Hoy me apunté a bajar por el Kulishman en la barca que trajo Sergei (Director de Altai) para llevar el equipaje. Los caballos no pueden vadear el río con carga, de modo que el resto del grupo le tocó ir por tierra a pie o montados hasta la desembocadura del Baschkaus. Creo que ha sido uno de los “paseos” más hermosos de este viaje. Yo iba tumbado en medio del equipaje en total relax. Encendí mi pipa y me dejé llevar por el río y el paisaje. Sergei remando en silencio, como el propio río que lleva sus aguas calladamente. El viento ausente y el sol en este punto que te calienta gratamente las espaldas brindando una sensación de confort muy placentera. El paisaje majestuoso pasan­do a cámara lente y el humo de mi pipa disipándose en el aire. Si el alma no se cura en un sitio así, es que no existe alma. Agua y verdor por doquier, a pesar de ser agosto. El hombre tiene estos ele­men­tos embutidos en los genes y supongo que hay algo de atávico en el placer que he experimentado además del contraste con el mundo urbano y la región superpoblada en la que vivo.» </em></p>
<p>22 de agosto, de regreso al lago Teletskoye</p>
<p>« <em>Llegamos a Jailú, centro de operaciones de la reserva y donde viven varias familias de guardas. Las mujeres e hijos de Genia y Valiera acudieron a la playa a recibirlos. El chico de Genia (unos 11 años) se le tiró al cuello bien contento y luego, muy orgulloso, le ayudó a llevar los aperos de los caballos.»</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Hay quienes retienen las vivencias de un viaje como una colección de partículas y pueden ordenarlas y recrearse en ellas de forma independiente e individual. A mí me ayudan mis notas y las fotos, pues los viajes que hago, sean semanas o meses, se funden en un tiempo único y puntual, que está allí, en el pasado. De ese agregado sobresale o domina alguna sensación particular, a menudo compleja, y se combina con alguna imagen evocadora, de síntesis, que subyuga a todas las demás. He de hacer un esfuerzo si quiero liberarme y recordar más allá de esta especie de imposiciones tiránicas que, sin embargo, conforman mis tópicos personales y viven conmigo.</p>
<p>Mozambique es un mar muy azul, con una barra de arena dorada y cocoteros plegándose frente a un temporal que trae lluvia caliente y no inmuta a los negros que están allí, y contemplan algo (supongo). Huele a fermentos.</p>
<p>Colombia retumba en mi con música de charanga y los sonidos de la selva ; todo mezclado, color, fragor, verdor y sudor. Sensación de trópico crudo y vivo.</p>
<p>Australia es un llano muy rojo desbordante de luz y sin nada que mirar hacia arriba. Arbustos y animales, vacío de hombres. Otro mundo. Sensación de lejanía. Sensación de antípoda.</p>
<p>Y así podría seguir hasta llegar a Rusia. Quizás me falte aún algo de perspectiva temporal, pero de momento me quedo con la imagen amplia, serena y despejada de las aguas del lago Teletskoye reflejando la luminosidad del atardecer y flanqueadas por dos grandes macizos montañosos, oscuros y pétreos. Sobre ellas se sobreimpone, ingrávida, la imagen del rostro de Nicolai, sonriente y con sus grandes gafas claras. La sensación, un gran vacío afable.</p>

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		<title>CARTA DE COLOMBIA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Dec 1991 11:48:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Travel]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sudo. Me he quitado la camisa y sigo sudando. Son los gajes del trópico, supongo. Me rodea la noche y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Sudo. Me he quitado la camisa y sigo sudando. Son los gajes del trópico, supongo. Me rodea la noche y una orquesta de ruidos nuevos; pitos y timbres metálicos, segaderas y rillar de acrídidos y fulgóridos enigmáticos; la bombilla de la pared está orlada por un regimiento de polillas de todos los tamaños; algunas vuelan y generan sombras fugaces. Siento el suelo fresco en la planta de mis pies descalzos. Alguien ha prendido la radio y suena música colombiana, marchosa, con acordeón, tonos altos y ritmo de salsa. Es el trópico a rauda­les. El trópico agridulce de Colombia.</p>
<p>Llevo una semana en estas tierras que son, simplemente, distintas. Todo empezó en el seno del DC10 de Iberia, en Madrid. Tomé asiento y al rato percibí como se abría una puerta hacia otro mundo. Apenas hacía 7 días que había viajado de Ginebra a Barcelona y luego a Tenerife. ¡Qué distinto en la vieja y entrañable Europa! Ahora, sentado en aquel monstruo tecno­lógico de aluminio y perfección, me dejaba penetrar por el bulli­cio de unos pasajeros de guagua, cargados de paquetes; mezco­lanza de razas, de gentes de mirada directa e interrogan­te, de sonrisa fácil y comentario sonoro, buscando cómplices en un acto extraño e inquietante para la mayoría de ellos. La tripa de aquél avión se llenó de color y de razas, y allí estaba yo, reclinado en mi asiento, intentando largar amarras para abrir el espíritu a un plato fuerte: mi primer viaje a Colombia.</p>
<p>Hicimos escala en Santo Domingo donde la demora de rigor era un mero anticipo de una concepción diferente del tiempo. Me alegré, pues aquello sabía distinto, a Caribe, a luz, a calma, a goce del saber ser y estar: un secreto vedado a la mayoría de los europeos.</p>
<p>— «Pueeedes pagaar con dooolares, mi amoooor&#8230;», así me decía la cajera del bar, una joven mulata, ancha de todo y sonrien­te, con esa piel cafetera, tersa y cósmica que solo la amalga­ma de dos razas puede concebir. ¡Que razón tenía Fidel! Las mulatas son algo serio. Te agarran en la genética y atacan por lo bajo, haciéndote dudar de los puntos cardinales. Las gran­des mulatas son las sirenas de la modernidad.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Llegué a Bogotá de noche y en la incertidumbre. No sabía si la organización del Seminario había recibido mi fax y si tenía reserva de hotel y billete para continuar vuelo a Popa­yán, en el valle del Cauca. Los taxis de Colombia son reli­quias de los años 50 que hacen de la amortiguación un deporte agotador. Camino a la ciudad —esquivamos una vaca en la &#8220;auto­pista&#8221;— me fui ente­ran­do de que ya no existía el Hotel Hil­ton, mi supuesta reserva. El hotel había cambiado de manos y ahora se llamaba «Orquídea Real». Resultó ser un hotel de lujo con estándares y precios cuasi-europeos. Los viajes transoceá­nicos tienen un modo muy peculiar de cansar, de modo que la ducha obligada y la primera dormida confortable se convierten en un milagroso reconstitu­yente; algo así como la vuelta al útero de la civilización.</p>
<p>Amanecí sobre Bogotá a la altura de no sé qué planta de un rascacielos de lujo. Enorme ciudad esparramada en un alti­plano a 2500 m de altitud y con 6 millones de seres ocultos. Tuve que abrir la ventana para percibir el aire fresco, el sonido de aves y romper el precinto del encapsulamiento que genera todo ventanal en los hoteles. Allí abajo estaba el mundo real y yo, arriba, en la estratosfera (al menos, econó­mica).</p>
<p>En el aeropuerto me enteré de que no habría vuelo a Popayán hasta el lunes a las 6.30 am, de manera que regresé a Bogotá a pasar un día varado, de turismo. Fui al «mercado de las Pul­gas», un mercadillo callejero que se forma todos los domingos a lo largo de más de 1 km de avenida colorista y bu­lliciosa. Lucía el sol.</p>
<p>Todos los mercadillos &#8220;de viejo&#8221; tienen algo de común con su trajín de gentes serpenteando entre infinitos puestos de venta. Pero el de Santa Fé de Bogotá es algo insólito. Al margen de la cacharrería y artesanías de rigor, asombra ver radios o cualquier otra máquina (batido­ras, radia­dores, alica­tes, pantallas de lámpa­ras, fonógrafos, etc) despiezados hasta el último tornillo y solenoide; patas de sillas, muñecas semirrotas, panta­llas de lámpara, un sismó­grafo viejo, radia­do­res de coche&#8230; Y si todo esto se vende es que se usa. Aquí reparan las cosas hasta extremos insólitos; todo se recicla hasta morir exhausto por agotamiento o colapso absoluto.</p>
<p>Y allí estaba yo, intrigado y absorto en la mega-diversi­dad ofertada, en la artesanía, en los rostros indianos reflejo de una multiplicidad de razas que no atiné a clasifi­car, sacando fotos aquí y allá, probando toda suerte de fru­tos desconocidos, de cháchara con los vendedores y cubierto por la mágica aura que protege a los cándidos felices. Luego me enteré de que soy de los pocas personas que ha cruzado el «mercado de las Pulgas» con una sonrisa en la cara y una máquina de fotos colgada al hombro sin haber perdido ninguna de las dos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>El lunes temprano me encontré en el aeropuerto con Maxi­mina Monasterio, de la Universidad de los Andes (Mérida, Venezuela). Ella, como co-directora del Seminario, ha sido la &#8220;culpable&#8221; de que ahora me encuen­tre en Colombia y mi gratitud es sincera. Después de mucho ajetreo consiguió billete para Popayán junto a otros colegas de Holanda y Venezuela que acudían al mismo seminario. En toda Sudamérica hay que recon­firmar los vuelos insistentemente, e incluso así, no es muy seguro que te guarden la plaza. Fuimos afortunados.</p>
<p>Popayán es una pequeña y coqueta joya urbanística, pues con­serva la estructura, edificios y sabor de la época colo­nial. Parte del buen estado de las casonas y monumentos se debe a que fueron reconstrui­dos y arreglados después de un gran terremoto en 1983. Para entender España bien, su carisma y valía, hay que venir a América. Hay cosas que se aprecian mejor desde aquí, con perspectiva en el espacio y en el tiem­po. Allá somos realmente ignorantes de nuestro acervo y del destacado sitio que corres­ponde a España en el paisaje cultu­ral de los pue­blos.</p>
<p>Maximina eligió bien la sede del Seminario sobre montañas tropicales. Nos hospedamos en el hotel La Plazuela, de sabor monástico, con patios cuadrangulares rodeados por dos plantas con columnatas y cubierta de tejas enmohecidas. Simplemente acogedor.</p>
<p>El Seminario en sí fue un éxito; lo organizó la IUBS (Unión Internacional de Ciencias Biológicas) y la UNESCO y no me quiero extender sobre ello. Hubo buena participa­ción, unas 160 personas; muchas de ellas eran colombianas, gente joven recién acabada la carrera o a punto de hacerlo. Otros presen­taban con nerviosismo los primeros resultados de sus investi­gaciones ante los &#8220;popes&#8221; como Maximina Monasterio o el profe­sor Van der Hammen, cuyos libros estudiaron por años en la universi­dad, y ahora los tenían allí, en carne y hueso, como si de un tribunal supremo se tratase. Por su parte, las comu­nicaciones y conferencias de los &#8220;seniors&#8221; sobre cambio glo­bal, biodiversidad, procesos ecológicos, etc. fueron de gran altura y rigor. En una semana escasa me he formado una idea aceptable de la ecología general de las montañas tropi­cales. No puedo quejarme.</p>
<p>Me tocó improvisar una comunicación sobre «La impor­tan­cia del vulcanismo en relación a la biodiversidad en islas oceáni­cas montañosas». Elegí este tema basado en ejemplos de mis investigaciones sobre la evolu­ción y distribu­ción de los coléopteros carábidos en Canarias, pues el vulca­nismo se venía tratando como un mero factor de extinción de especies. Llamó la atención por lo novedoso y me alegro de que Maximina me forzara a presentar una contribución, pues mi papel en el Seminario era, en principio, el de introducir y dirigir la sec­ción sobre «Conservación y manejo». No traje material alguno, pero en ambos casos impro­visé unos esquemas y dibujos sobre láminas transparentes de acetato y pude capear la situa­ción. Expuse las ideas insertas en la nueva estrategia mundial «Cuidar la Tierra», que siempre resultan muy atracti­vas. Bueno, en realidad creo que me gané al público desde el prin­cipio, a pesar de lo variopin­to que era. No deja de asom­brarme la capacidad que tengo para raptar la atención y llegar direc­to y con impacto a la gente, pero es absurdamente cierta (y me produce algo de temor). En definitiva, corte oreja y casi vuelta al ruedo. De hecho, la organización me pidió que diri­giera el debate final, propues­tas de investigación, con­clusio­nes del semina­rio, etc. Una jornada agotadora, pero muy, muy gratificante.</p>
<p>Creo sinceramente que para muchos biólogos colombianos allí presentes, estas jornadas marcarán un hito en su carre­ra. Tuve largas parrafadas con el grupo de estudiantes hacién­doles ver lo que supone entregarse a la Biología como profe­sión y a la Conservación como especialidad, convenciéndoles de que Colombia, merece la pena. Miguel, Sandra, Yolanda, Diego, etc, me recordarán.</p>
<p>También me alegra haber contribuido a establecer una cabeza de puente hacia el área de conservación y gestión a partir del mundo excesivamente académico y cientificista que hasta ahora venía inspirando al programa de montañas tropica­les. Me parece que esa era la intención de Maximina y propuso incluirme en el Comité científico del programa. Acepté. Creo que está realmente contenta con mi participación.</p>
<p>Otra de las gratas sorpresas del Seminario fue encontrar­me con Mario Rojas, de Costa Rica, a quien conocí hace 11 años en un seminario de parques en Canadá y Estados Unidos. Esto del conservacionismo tiene algo de gran familia, de <em>«cosa nostra»</em> en el mejor de los sentidos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>El viernes por la noche fue la fiesta de despedida. Se celebró en una la hacienda de Calibio, una magnífica casona colonial testigo de la lucha por la independencia en 1814. Según reza una placa en el pasillo, allí fue degollado un capitán español, Guillermo Ortiz, y seguro que en ella durmió el Libertador en algún momento de su ajetreada vida. Cada rincón y cada piedra destilan humedad e histo­ria. Los árboles gigantescos que la rodean, atiborrados de brome­lias epífitas; la anchísima terraza de la segunda planta; el muro de piedra periférico donde se fortifi­caron los criollos; el patio empe­drado con rumor de cascos y relinchos pretéritos&#8230;, todo resultaba de una placidez atem­pórea tal que no logré sumarme al alboroto general ni a la música andina y salsera, que se convirtió en un mero telón sonoro de fondo. No se sabe como, pero uno de los baúles de madera de Alexander von Hum­boldt fueron a parar a este viejo caserón. Lo vi poco antes de irme.</p>
<p>Paseé y divagué pen­sando en mi mujer, queriendo tenerla conmigo en aquel momento espe­cial. Uno de los músicos que se enteró de mi nombre, me cantó una pequeña copla caliqueña:</p>
<p style="text-align: center;"><em>«Debajo del palo machado<br />
me cogió la Comisión<br />
bailando los merecures<br />
con la negra Encarnación»</em></p>
<p>Fumé mi pipa y disfruté a gusto de mi corbata de pajari­ta (o mariposa, en este caso), con la chaque­ta de pata de gallo gris y los panta­lones negros. Me entregué a aquellas paredes, a la noche, a las siluetas de los árboles, a las piedras pulidas por incon­tables pisadas. Y por un momen­to soñé que me fundía con aquel lugar y formaba parte de su tejido histórico. Desde allí te amé en silencio y en el re­cuerdo.</p>
<p>Los días en Popayán fueron tranquilos y laboriosos, y conocí a gente interesante. El profesor Van der Hammen —Tomás, para todos— tiene el pelo completamente blanco, igual que su barbi­ta. Siempre está dispuesto a reírse y ha venido a Colom­bia a vivir su vida de profesor retirado. Creo que ha encon­trado el Gran Secreto; no sé como, pero parece que por la Ciencia también se puede llegar a él. Le recordaré.</p>
<p>También conocí a Gustavo Wilches, poeta, ecologista y loco. Con su grupo, edita un periódico de opinión, brillante y de corte literario exquisito (una rareza en estas tierras); es barbudo, flemático, vibra con la gente, ama la justicia y cree en Colombia. A él le oí una idea interesante relativa a la deuda económica del Tercer Mundo. Opina que mayor aún es la deuda histórica en recursos naturales rapiñados que tiene el Norte con el Sur, y que si se hiciera un balance justo, el Primer Mundo resultaría deudor absoluto. Y Gustavo reclama que se pague ya. Le recor­daré.</p>
<p>Popayán, cuna de 16 presidentes colombianos, ciudad universitaria de calles rectas, de farolas y balcones enreja­dos, de casonas de anchos aleros acordes con los chapa­rrones vespertinos; de bullicio de carromatos y tañer de campanas, de sabor a España rebautizada en el trópico montano. Te recordaré luminosa.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>El sábado hicimos la excursión colectiva al parque nacio­nal del Puracé (84.000 hectáreas). Los &#8220;buses&#8221; de Colombia son inigualables. Se parecen a nuestras viejas guaguas perreras con asientos corri­dos de madera y agarraderas de metal a todo su largo. Por fuera están pintarra­jeadas de colores vivos y letreros, y resultan muy alegres, lo que hace juego con la capacidad de dar botes que tienen incluso en la carretera aparentemente más lisa. Traqueteo y molidera aparte, fue un día espléndido. Conocí el páramo andino metido en brumas o con varios telones de nubes grises al fondo (los cielos en los Andes son magnífi­cos). El aire ralo y la luz pasmada dan un especial brillo a la vegeta­ción. Los &#8220;frailejones&#8221; son plantas de hojas lanosas plateadas y se yerguen por encima de la hierba sobre un tallo recio forra­do con hojas muertas y col­gantes. Son el sello inconfundible del páramo andino. Por fin los vi.</p>
<p>El trópico es variedad —biodiversidad, según la moda— y las estaciones del año se suceden y repiten a diario, entre el día (verano) y la noche (invierno); hay dos temporadas con más lluvias y otras dos más secas, pero la temperatura mantiene la media a lo largo de todo el año. Los paisajes tienen algo de irreal para un cana­rio. A menudo me parecía reconocer esquemas de ocupación similares a los de nuestras islas: pueblecitos de medianías con sus cultivos de papas o maíz, restos de bosques alrededor, alguna vaca en el prado y flores en los parterres de las casas. Algo familiar, solo que en Canarias esto ocurre a los 600 m de altitud, y aquí a los 2600 o más. Los plátanos, el café, la caña de azúcar crecen por encima de los 1000 o 2000 m. Algo insólito para mí y tenían que repetirme obsesiva­mente las lecturas del altímetro para dar crédito a mis ojos. El trópico viene a ser como si elevásemos nuestros agrosiste­mas en dos o tres mil metros; es decir, como si levantáramos toda la isla de Tenerife a la altura de Las Cañadas. Lo que queda por debajo, claro está, es exclusivo del trópico y el reino donde la naturaleza se disparató contradiciendo toda lógica de azar y termodinámica: el Olimpo de la biodiversidad.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>El domingo, un coche de la Universidad del Cauca nos llevó hasta Cali a Maximina, dos mejicanas que tomaban el avión de regreso a su país, y a mí. Cali tiene un millón de habitantes y algo de industria. Allí alqui­lé un Mazda 323 —carísimo— y junto con Maximina recorrí un buen tramo del valle del Cauca para luego ascender por la Cordi­llera Central hasta Manizales.</p>
<p>El valle del Cauca es una planicie enorme —que yo bauticé de &#8220;mesoplano&#8221;— entre la Cordi­llera Central y la Oriental (valle inte­randino), situada a 1100 m de altitud. Allí vimos cultivos de arroz, de sorjo, maíz, soja, maní y caña; mucha caña. Los pueblos azucareros eran en su mayoría de población negra, formados por casamatas humildes con techos de madera o zinc, alineadas según la carretera; están llenos de vida, pero de vida pausada con ese caminar indolente de los negros que van y vienen pero que nunca parecen estar ocupados; trapiches y fábricas de &#8220;panela&#8221; (derivado masticable de la caña de azúcar) y, sobre todo, animales, bestias y coches destartalados sacados de las pelí­culas de los años 50. Todo el campo de Colombia está plagado de los masto­dónticos Dodges que renquean trepados sobre unas inmensas ballestas en ambos ejes. A su lado, nues­tro Mazda parece un juguete de ciencia-ficción, y los nuevos todoterrenos japoneses recubiertos de niquelados, o los lujosos Mercedes o BMW se convierten en una mentira cruel y esporá­dica.</p>
<p>Había algo de absurdo en todo aquél paisaje. He recorrido algunos países en varios continentes, y nunca vi tierras más fértiles, extensas y fáciles de traba­jar; y además con agua. Pero ¿cómo encajar la riqueza de aquellas tierra con el paisa­je humano ante mí? y lo mismo en los pueblos cafetale­ros rumbo a Perales, trepados ya en las laderas de la Cordi­llera. Creo que estoy empezando a entender el verdadero senti­do de la política, pues Colombia no se explica sin ella. De nada sirven los recursos naturales, el planeamiento, la racio­nali­dad, el trabajo&#8230; todo es pura entelequia; ahí no reside la solución a la miseria, solo que la hace más patética. No sé qué depende de qué, si la política de la cultura de un pueblo, o justo al contrario. Quizás, la cultura sea la única riqueza útil de una nación, pero también la historia contempo­ránea del Este nos está demostran­do que la cultura por sí sola no hace a una nación opera­tiva. El hecho es que todo lo demás parece vacuo y fútil, y el último hacedor es la política. He de meditar más sobre ello.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Maximina es una gran compañera de viaje: sensible, culta y la perfecta cómplice para degustar el paisaje. Disfruté mucho de su diálogo abierto y sereno, sin grandilocuencias y sin querer arreglar el mundo en una atacada, como burdo de­sahogo de unas limitaciones mal asumidas. Maximina simplemente está, y nuestro recorrido hacia Mariquita fue como una dilata­da y variopinta tertulia de a dos. Congeniamos. Una gran mujer.</p>
<p>He de hacer un inciso, pues en Manizales vimos algo horripilante. La ciudad está encaramada en la crestería de un cerro y posee, como casi todas las ciudades grandes de aquí, su respectiva iglesia estilo &#8220;patisserie&#8221; francesa (subgótico pastelero) que desentona tanto de todo lo que la rodea, que crea precisamente un estilo unívoco y propio de esta Latino­américa, tan llena de contradicciones. Sea así, pero lo que chirría en Manizales es la catedral. Una enorme catedral gótica con los pórticos y vidrieras al uso, que da el pego de noche. Pero ¡oh, horror!, a la luz matinal comprobamos que toda aquella mole de columna­tas, ábsides, arcos, bóvedas, gárgolas y rosetas había sido levan­tada a base de moldes y encofrados de hormigón. Y se nos congeló el alma. La sensación de frial­dad, de chapuza, desamor, sordidez que emana de aquel engendro gris es indes­criptible. Fue cosa de italia­nos hace unos 30 años. La catedral anterior era de madera y se había quemado por segunda vez. Sin embargo, aquella catedral-kitch labrada en cemen­to —más fea aún por dentro, si cabe— estaba repleta de feli­greses, y la voz dulce de una mujer madura sonaba a gloria entre sus paredes. Los colombianos son muy religiosos y forma­les con las tradiciones. Técnicas de subsis­tencia, supongo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>De Manizales partimos hacia el Nevado del Ruiz. Una excur­sión que no fue lo espectacular que esperábamos por culpa de la niebla densa. Con todo, atravesamos bosques muy parecidos a nuestras laurisilvas, si excluimos los helechos arbóreos y las orquídeas y bromelias epífitas. Alcanzamos los 4.800 m donde incluso la vegetación del páramo se hace rala y domina el caos volcánico. Es mi récord personal de altitud. Se está bien allá arriba, aunque cuesta un poquito respirar. El choco­late es una gran ayuda para caminar, y si viene mezclado con manises, pues más rico y mejor.</p>
<p>En la pared de la caseta del parque había un verso de Óscar Fernández, colgado por alguno de los guardas en la soledad de su cuartel. Me tomé el tiempo de copiarlo pensando en los niños.</p>
<p style="text-align: center;"><em> <strong><span style="text-decoration: underline;">La gente que me gusta </span></strong></em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente que vibra,<br />
que no hay que empujarla,<br />
que no hay que decirle que haga las cosas<br />
sino que sabe lo que hay que hacer,<br />
y lo hace en menos del tiempo esperado.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente con capacidad<br />
para medir las consecuencias de sus actuaciones<br />
la que no deja las soluciones al azar.<br />
</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>            Me gusta la gente estricta consigo misma y con su gente<br />
pero que no pierde de vista que somos humanos<br />
y que nos podemos equivocar.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente que piensa que el trabajo<br />
en equipo produce más<br />
que los caóticos esfuerzos individuales.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente sincera y franca<br />
capaz de oponerse con argumentos serenos y razonados<br />
a las decisiones de su jefe.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente de criterio<br />
la que no traga entero,<br />
la que no se avergüenza de reconocer que<br />
no sabe algo, o que se equivocó, y la<br />
que al aceptar sus errores<br />
se esfuerza por no volver a cometerlos.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente fiel y persistente<br />
que no desfallece cuando de alcanzar<br />
objetivos e ideales se trata.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Me gusta la gente de garra<br />
que entiende los obstáculos como un reto.</em></p>
<p> La bajada a Mariquita fue repetir la secuencia de pisos de vegetación y cultivos que vimos al ascender por la otra vertiente de la cordillera (el bosque nublado se extiende entre los 2600 y 3200 m). Mariquita está en el valle del río Magdalena, un poco más bajo y caluroso que el del Cauca (600 m aprox.). Me despedí de Maximina que tomó el bus para Bogotá; tenía su vuelo para Méjico al día siguiente. Era tarde y quedé solo con esa intensi­ficación especial de los pulsos internos que produce la aventura, por modesta que sea. Eres tú frente al entorno, un entorno desconoci­do que te aísla y somete al propio vértigo irrefrenable que la situación produce. Me cautiva. Compré dos <em>cassetes</em> de música colombiana y así conduje con todas las ventanas abiertas dando botes por la pista de tierra en busca del hotelillo que debía encontrarse en algún punto de las afueras, dejando hacer a la noche, a los charcos que cruzaba, a la silueta de las montañas alejadas, y todo dominado por el sonsonete rítmico y marchoso de los acordeones y timbales de los vallenatos y las voces estridentes y chillonas de los cantores. Al rato vi una luz de lo que sería mi próxima ducha y una buena cama. Conduje derecho, feliz, despacio, con el codo en la ventanilla, pletórico de libertad bajo el mismo dosel estrellado de toda la América del Sur. Libertad, ¡que fugaz privilegio!</p>
<p>Cuando llegué al «Rancho de Luigi» me recibieron los destellos intermitentes de los «cocullos» de luz (luciérnagas) que volaban rasantes sobre el prado, con una lentitud pasmosa. Una secuencia de destellos distanciados marcaba la trayectoria de cada insecto en su loca llamada de amor. Es la primera vez que veo este fenómeno y quedé embrujado por su belleza simple y mágica.</p>
<p style="text-align: center;"> * * *</p>
<p>Al día siguiente, es decir, esta mañana, conseguí un guía —Alfonso— para ir a la selva. Así me lo aconsejaron. No es seguro que te vean solo. Con él pude adentrarme en la espesura y cumplir un sueño infantil largamente acariciado. Es fácil perderse en la maraña de vegetación; la variedad de árboles es tal que te confunden y no puedes fijar uno como patrón o señal; el sol no se percibe sino como luz difusa, y todo está mojado. Caminas sobre las hojas librando olores de frutas fermentadas. La espesura llega a ser algo tenebrosa y la vida se concentra en las copas, pero desde que entra algo de luz, todo reluce sobre ese verde universal, amplio y claro que solo se da en los trópicos. Hay muchos tipos y tamaños de hojas, pero la mayoría terminan en delgadas y prolongadas puntas que hacen de goteros. Hay lianas, plantas sobre plantas, chirriar de cicádidos, pipidos, cantos y carcajeos de aves, rumor de titíes y, como no, el destello fugaz y repetitivo de las mariposas ornilópteras con su colorido de escándalo. Porque el trópico es, ante todo, color, y las aves y los insectos son sus mejores testimonios. Disfruté de los diseños y contrastes a cuál más estrafalario y atractivo; puro goce estético.</p>
<p>Había pájaros de un fuerte rojo bermellón con antifaz y las remiges negras; o de vientre y píleo amarillo fogoso, el lomo azul violento y las alas negras; o el colibrí verde metálico con el pico rojo aguzado y largo. Siempre me han fascinado los colibríes, con su vuelo inquieto y sostenido de alas invisibles; son auténticos refinamientos de la evolución. Y los insectos no se quedan atrás, empezando por las mariposas. El más leve rayo de sol llena los márgenes del bosque de una policromía danzante, o reúne sobre la arcilla húmeda de la pista coros de alas azufradas o berme­llones que intentan obtener agua del suelo aplicando a él su espi­ritrom­pa; las mariposas son los danzarines en el laberinto vegetal y sus colores metálicos o de arlequín resultan como trallazos de luz sobre el verde omni­presente. Allí estaban también las interminables filas de hormigas arrie­ras desmontando el fo­llaje del árbol-víctima elegido; y las cigarras con su insis­tente zumbido; las chinches, los escaraba­jos, los salta­montes, todos ellos de diseño, tamaño y colorido extraor­dina­rio. Las cucarachas y los ciempiés son de tallas descomunales respecto de sus congéneres europeos; algunos eran tan largos como mi bolígrafo.</p>
<p>No pude dar con <em>Macrodontia cervicornis,</em> el escarabajo más grande cono­cido (15 cm) y que supues­tamente vive en samán. A cambio obtuvi­mos unos cuantos pasálidos, cerambícidos y lucá­nidos bien grando­tes. Y confieso que hay algo de lujuria en colectar estos mons­truos diminutos. También tropezamos con escorpiones y arañas cangre­jo (pueden saltar sobre uno) y constaté que hay que andar con sumo cuidado al remover las piedras y hurgar en las cortezas en estas latitu­des. No vi serpientes aunque sí varios lagartos y &#8220;perenque­nes&#8221;. Lo más llamativo entre los reptiles fue una ranita tropical, pequeña y largirucha, que descansaba bajo un tronco caído; su color negro gelati­noso portaba una banda de color azul cobalto. Soberbio animal.</p>
<p>Para cualquier persona, y máxime para un biólogo estudioso y amante de las formas de vida, es difícil olvidar un bosque tropical una vez te has metido en él; la sensa­ción de derroche vital; la intriga de lo que no se ve pero se percibe; el verde claro, brillante y casi siem­pre mojado; los destellos fugaces del microcosmos que todo lo puebla; las flores magníficas que hacen de dosel allá arriba en la copa de los árboles&#8230;, todo ello se te graba a perpetuidad en la retina y en el banco de sensacio­nes imborrables.</p>
<p>Pero hay otra historia en el trópico, codo con codo con la historia natural. Es la historia de Alfonso, mi guía, y de miles de seres en situación similar. Es la historia del Tercer Mundo; ese del que se habla en las conferencias de economía y que suele salir en la televisión con imagenes de niños negros esqueléticos y barrigudos que hablan una lengua indescifrable. Pero ahora el Tercer mundo lo tengo ante mí, y habla español como tu y como yo.</p>
<p>Alfonso no tiene trabajo fijo. Tiene mujer y una niña y vive del cancameo. Los ingresos más regulares proceden de la cosecha del café. Cobran 2000 pesos (= 330 ptas) por una jornada de 6 a 6, y trabajan los sábados y a veces también los domingos, aunque a menudo el «patrón es malo» y te liqui­da la semana por solo seis días. No hay seguridad social, ni derecho al despido, ni subsidio de paro, ni vergüenza. Alfonso iba vestido y cargaba orgulloso su &#8220;peine&#8221; o machete. Es de cami­nar erguido y seguro. Con él me aventuré en la segunda fila de casas, pasada ya la carretera, porque en estos pueblos siempre hay una segunda y una tercer fila de casas, y también aquellas que se refugian en el borde del bosque. Allí desaparece el ajetreo bullanguero, alegre y despreocupado de la calle prin­cipal; no se ven coches, siquie­ra bicicletas. Hay humildad, pobreza y también mise­ria. Cuatro paredes mal sella­das, un techo de latón, y jergo­nes de algo oscuro sobre el suelo; y quizás una silla. Los niños semi­desnudos corretean­ por el barro con chorreras de agua blan­quecina, y se meten en cajas de cartón que hacen de castillos y los comparten con las gallinas y la basu­ra, que son parte de su hábitat. No vi ham­bre, pues la tierra es demasiado generosa como para no dar una calabaza, o yuca o un poco de maíz; y la «panela» es el sostén popu­lar y parece asequible. También hay muchas vacas y cebúes, pero su carne se la comen otros; la libra vale 800 pesos.</p>
<p>Según subía por un barrizal vi a una niñita desnuda en lo alto que lloraba desconsolada mientras su hermano —algo mayor— le hablaba al oído y trataba de calmarla. Pensé que podía necesi­tar ayuda y según me acerqué oí las razones del chico, y comprendí:</p>
<p>— «No te preocupes boba, que no te va a llevar&#8230;» El ogro era yo.</p>
<p>A pesar de todo, la gente es afable y comunicativa, lo que contrasta con el alto riesgo que hay de ser robado cuando vas solo. Pero también lo empiezas a entender: hay necesidad y frecuentemente desespero. Alfonso me contó de su angustia e impoten­cia cuando no atendían a su niño enfermo por no poder pagar al médico:</p>
<p>— «Solo quería que me dieran un papel con la medicina», explicaba. Al fin lo logró mediante un engaño.</p>
<p>También me contó de la violen­cia; de sitios donde los jornaleros recibían la paga acumulada de varios meses para luego ser acribillados por bandas armadas contratadas y así recu­perar la plata. Me contó de la guerrilla y la labor de los curas-guerrilleros; de los ricos, de los narcos y del ministro de Hacienda.</p>
<p>— «Ese hombre gana dos millones de pesos al mes, 50 veces más que uno, y no para de poner impuestos. Cuando sale en la tele y lo veo se me revuelven las tripas y me descompongo.»</p>
<p>Quedé rumiando las historias de Alfonso y lo que mis propios ojos habían visto a veces sin querer ver demasiado. El confort nos hace cobardes y nos mueve a buscar excusas hipó­critas con las que calmar nuestras conciencias y contradicciones. Fui a cenar temprano y comí con desgana el churrasco que me habían servido. La carne en Colombia sabe a carne y es maravillosa, pero tenía a Alfonso demasiado presente. El postre me lo dio la televisión. En Caloto, muy cerca de Popayán, unos indígenas habían ocupado parte de una inmensa hacienda con consentimiento de la dueña. Eran los terrenos de sus ancestros. Pero la señora vendió la propiedad a unos señores de Cali; &#8220;mafiosos&#8221;, se cree. Amenazaron a los indios para que se fueran, una y otra vez. Ellos avisaron a las autoridades que no hicieron nada. Y ocurrió. Por la noche el poblado fue rodeado por unas 50 personas armadas y vestidas con uniforme militar. El resultado quedo en el suelo: las cenizas de las casetas y cultivos, y una hilera de cadáveres. Nueve hombres, seis mujeres y cinco niños. Algunos lograron escapar en la oscuridad y la confusión:</p>
<p>— «Yo salté por esta cañada y me hicieron dos tiros pero Dios me protegió». Otros fueron muertos en la huida y dos cuerpos más pendían colgados de un árbol; una suerte de macabro privile­gio. Una cosa es oír las noticias sobre la violencia en Colombia junto a la chimenea de tu casa, a miles de kilómetros de distanciamien­to, y otra muy distinta es que te la sirvan de postre una noche estrellada y apacible, en la misma trastienda. Imaginé aquellos seres humanos tumbados a golpes en el suelo, boca abajo, llenos de susto y tensión, con las manos en la espalda y los labios y la cara besando la tierra húmeda, muy conscientes de lo que va a pasar, oyendo como el tiro de gracia en la nuca se repite en la hilera y se va acercando inexorable hacia ti, quizás con algún insulto intermedio. Y llega el estampido. Y se acabó tu vida.</p>
<p>El estómago se me contrajo de impotencia y miré interrogante a la cocinera que me traía un «tinto» (café solo).</p>
<p>— «Ah, la violencia. Aquí se mata a la gente como a animales.»</p>
<p>No me sentí mejor. Regresé a mi cuarto donde llevo un buen rato bebiendo coñac (comprado en el avión) y refugiado en la escritura.</p>
<p style="text-align: center;"> * * *</p>
<p>Mi viaje por tierras colombianas seguirá con rumbo a Bogotá donde me espera un vuelo endemoniado lleno de esperas intermina­bles, ejercitando la paciencia y resignación en medio de esa peculiar fauna que pulula en todos los aeropuertos, y a la cual pertene­ces con todos los honores. Un día más de coche cruzando paisajes muy similares a los que ya había visto, pero consciente de que sobre aquella cáscara colorista y magnífica, se extendía una segunda invisible y pútrida, que pertenecía al hombre. ¿Como puede un país portar dos pieles tan distintas?. ¿Por qué hay tanta injusticia? ¿Para qué se nos inculcó el concepto de justicia?</p>
<p>En Bogotá contactaré con Carlos Castaños, el Jefe del Servicio de Parques Nacionales del INDERENA. Cenaré en su casa, con su mujer, también antropóloga. Veré el &#8220;pesebre&#8221; navideño hecho por Diego y Asunción con esmero y donde se mezclan los reyes magos y pastores con aviones, trenes, <em>cow-boys,</em> guerreros y «narcos», supongo. Las paredes tapizadas de libros y piezas precolombinas rezuman bienestar, cultura, civilización. El vino chileno, también. Hablaremos mucho sobre Colombia, sobre el presidente Gaviria, sobre los nuevos cambios, sobre la deuda extranjera, sobre Alfonso&#8230; Hablaremos de esperanza.</p>
<p>Colombia tiene, como casi todos los países, dos caras; aunque parecen de moneda distinta. Es fuerte.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>CARTA A LOS MADEIRENSES</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Oct 1980 17:52:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Tourism]]></category>
		<category><![CDATA[Travel]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esta “Carta los madeirenses” no es una carta convencional; tampoco es un informe de mi reciente y primer viaje a la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Esta “<em>Carta los madeirenses</em>” no es una carta convencional; tampoco es un informe de mi reciente y primer viaje a la Isla (del 28 de septiembre al 11 de octubre de 1980); ni siquiera es un resumen de las múltiples anotaciones acumuladas en mi diario de campo durante los pocos pero intensos días vividos. Esta carta es sencillamente el resultado de una creciente e irresistible inquietud por compartir las reflexiones que invariablemente surgen o surgirán, cuando nos enfrentamos con algo de sensibilidad a un medio peculiar y magnífico, como es la isla de Madeira: su naturaleza y sus gentes. Es pues un documento muy personal, escrito bajo la perspectiva de un isleño, científico y técnico en conservación de la naturaleza. Pretende ser, por otro lado, algo útil en la medida que ayude a reflexionar sobre la situación actual de Madeira, y tal vez a encauzar las futuras estrategias de desarrollo con mayor tino que el que hemos tenido los canarios.</p>
<p>¿A quién va dirigida mi carta? Como su título indica, a los madeirenses, pues es en ellos en quienes pienso cuando escribo estas líneas. Es común caer en el vicio de considerar la Naturaleza como algo ajeno e incluso antagónico al hombre. La Naturaleza es y seguirá siendo el soporte donde forzosamente se ha de asentar e integrar la especia humana; integración que debe ser racional y comedida, de manera que posibilite la perpetuación de ambas partes: hombre y medio.</p>
<p>En ambientes insulares físicamente restringidos y densamente poblados parece difícil de conseguir una integración hombre-medio que sea estable, particularmente en un mundo moderno como el actual, lacrado por la sobreexplotación y el despilfarro de los recursos naturales. Sin embargo, dicho objetivo puede no ser tan utópico si orientamos el desarrollo a medio y largo plazo hacia fines distintos al lucro económico inmediato, que es el que hoy impera.</p>
<p>Obviamente, y por su contenido, esta carta está especialmente dirigida a un grupo particular de maderienses; a aquellos que por compromiso político, por mandato administrativo, o por simple responsabilidad intelectual, tienen en sus manos o su alcance el presente de Madeira. Sin embargo, no podemos olvidar, que son todos los habitantes de las islas los depositarios y usuarios de tan singular patrimonio y que, en definitiva, y en un estado de derecho y de libertades públicas, recaen en ellos el compromiso de transmitir a las generaciones venideras el patrimonio natural lo menos deteriorado posible y con el máximo de opciones abiertas.</p>
<p>Alguien dijo, que los recursos naturales no los hemos heredado de nuestros padres, sino que los hemos tomado prestados de nuestros hijos.</p>
<p>El por qué escribo estas reflexiones, me lo he preguntado varias veces. Creo que en mi caso puedo hablar de compromiso intelectual y profesional. En Canarias he asistido al vertiginoso “desarrollo” que comenzó en los años 60. Conozco bien todas las islas, incluso los islotes, y me duele mi tierra. Entiendo que el nivel de vida ha cambiado mucho y para bien, pero cuestiono el tributo que ha tenido que pagar el territorio: la naturaleza y nuestras más entrañables coordenadas de personalidad. Pienso que muchas cosas se podrían haber hecho de otro modo, pero ya es tarde para lamentaciones, y las circunstancias de aquella época eran bien distintas a las actuales.</p>
<p>Tal vez en Madeira estén aun a tiempo de evitar varios de los errores que hemos cometido los canarios. Quizás pueden ensayar los madeirenses modelos y sistemas que aquí no tuvieron una oportunidad. ¡Ojalá!</p>
<p>Como isleño empedernido que soy, he visitado Madeira, he caminado por sus lomas, he hablado con hombres y mujeres de la Isla, sobre su historia, su desarrollo socieconómico, su geología y los seres vivos que la pueblan. Me he enamorado, en definitiva, de una isla hermana, con muchísimas cosas en común, y quiero simplemente, darme una oportunidad de contribuir a su conservación.</p>
<p>Madeira y demás islas periféricas -Porto Santo y las Desertas- fueron descubiertas por la civilización occidental en la misma época que las islas Canarias (siglo XV). Sin embargo, y a diferencia de Canarias, este pequeño archipiélago bastante más alejado del continente (a 545 km de África) no estaba habitado por el hombre. Ello quiere decir, que el panorama actual es el resultado exclusivo de las actividades del hombre europeo en más de tres siglos de asentamiento en su territorio.</p>
<p>El valor relativo de las cosas surge de la comparación con otras similares. Se puede afirmar que Madeira era una isla rica: un clima benigno para las personas y favorable para los cultivos: tierra fértil, aunque escasa y en complicada disponibilidad como consecuencia de la tortuosa orografía, y sobre todo, agua en abundancia, factor primordial y limitante en la producción biológica en cualquier sito.</p>
<p>No puedo entrar en detalles descriptivos de cómo tuvo lugar el asentamiento y posterior desarrollo. Pero en esencia, no difiere mucho del practicado en Canarias. Los comienzos se caracterizan por una rápida y desmesurada ocupación del terreno en la que el fuego actuó como principal instrumento de roturación (ver Fructuoso, 1925). La deforestación sufrida por Madeira, una isla cubierta por los bosques hasta la orilla del mar, ha sido muy notable, y según mis cálculos, solo el 26% de lo que antaño fuera bosque natural, perdura en la actualidad.</p>
<p>La presente ocupación de suelo es intensa en virtud a una ingente labor de roturación y aterrazamiento. El suelo agrícolamente útil supone un 33% del total (Blümel and Wirthann, 1973) lo que es muy alto para una isla montañosa como Madeira. Los terrenos marginales son utilizados para el pastoreo semi-intensivo, a lo que hay que añadir una alta proporción de las zonas forestales en las que aún se mantiene ganado libre.</p>
<p>La superpoblación que soporta la isla es notable con 280.000 habitantes en 741 kilómetros cuadrados (378 habitantes/km<sup>2</sup>), densidad que si la referimos al área útil nos arroja cifras muy preocupantes: 1.120 habitantes/km<sup>2</sup>. Si considerásemos un sistema económico cerrado, ello supondría que a cada habitante le corresponden escasamente 892 m<sup>2</sup> de suelo útil.</p>
<p>Debido al clima mas húmedo y orografía escarpada de la vertiente norte, es la vertiente meridional la que ha recibido el impacto principal de la ocupación humana (en Canarias ocurre exactamente al revés). Los pueblos del norte son pocos y pequeños y de hecho en Funchal y su entorno, que represente aun escaso 2,5% de la isla, vive aproximadamente la mitad de la población.</p>
<p>La emigración, al igual que lo fue en Canarias, es una constante en la vida madeirense (Sud-África, Venezuela, etc.) y si bien representa un sustancioso apoyo económico, apenas alivia el principal problema que afronta Madeira como otras tantas islas del Atlántico: la superpoblación.</p>
<p>Las consecuencias de esta singular distribución son muy notorias en el medio natural. La cara sur de Madeira ha sido totalmente transformada y, salvo en los escarpes inaccesibles y acantilados de la costa, apenas podemos hallar vestigios de lo que fue la vegetación primitiva.</p>
<p>Las masas forestales que tanto llaman la atención del visitante son, en esta zona producto del cultivo y repoblación de especies exóticas, principalmente eucaliptos, pinos y acacias. Estos bosques aportan todavía en la actualidad, la leña para la construcción y la que necesitan los campesinos para sus hogares. Las consecuencias negativas de esta sustitución y explotación de la masa forestal son bien conocidas: empobrecimiento mineral y pérdida de suelo por erosión (muy acusada en zonas altas del SE, disminución de la captación de aguas, y disminución de la diversidad ecológica (muy negativo para las zonas agrícolas colindantes). Algunas de estas zonas, principalmente en medianías y cumbres, han perdido su potencial de recuperación quedando prácticamente inútiles para el uso agrícola.</p>
<p>La vertiente meridional ofrece, por tanto, un aspecto totalmente antrópico, mientras que en el norte se conserva todavía el sello agreste de la geomorfología insular, repleta de grandes y profundos barrancos tapizados por un manto verde de laurisilva más o menos transformada.</p>
<p>Sólo los fondos de los valles y las lomas y laderas de pendiente algo más suave, están ocupados por cultivos o algunos bosques plantados.</p>
<p>Por encima de una determinada cota, ya en altitud considerable, tuvo que desarrollarse una ganadería mucho mas intensa que en la actualidad, quedando como recuerdo de ella y del fuego que se aplicaba para la regeneración de los pastos, un paisaje vegetal muy singular, a base de extensos helechares y praderas de tipo subalpino.</p>
<p>El impacto de la agricultura en el medio natural isleño no ha sido tan profundo como en las islas Canarias. Por lo pronto, no ha habido un trasiego de suelos de un lado a otro, sino que, a base de terrazas y abancalientos, se explota prácticamente cada palmo de terreno asequible. El sistema resultante recuerda mucho a nuestros cultivos en La Gomera o en La Palma. La vid, traída de Chipre y Creta, sigue siendo el principal cultivo; luego la platanera y ya, en menor escala, la caña de azúcar, mimbre, grano y verduras diversas.</p>
<p>El agua es abundante y asequible gracias a un loable sistema de “levadas” que la recoge y distribuye. Para un canario se hace difícil comprender como una isla tan rica en agua, donde los barrancos corren todo el año, y donde existen cinco estaciones hidroeléctricas, pueda tener problemas en el sector agrícola. Pero es así.</p>
<p>La ausencia de una política parcelaria adecuada ha desembocado en una pulverización de la propiedad, y la mayoría de las parcelas, de dimensiones muy reducidas, se destina a los cultivos de subsistencia.</p>
<p>El problema se agrava si consideramos que los caseríos, muy dispersos, dificultan los equipamientos mínimos, y el grado de cultura, desafortunadamente muy bajo en este sector, no favorece el cooperativismo, ni sistemas de comercialización adecuados.</p>
<p>El turismo de masas que ha invadido Canarias llegó a Madeira con algo de retraso, probablemente debido a las dificultadas de comunicación. El aeropuerto se estableció en 1964, con un ligero pero significativo desfase respecto al primer “boom turístico”. Es en la actualidad cuando parece que va a despegar el turismo industrializado que todos conocemos y que, en la precipitación y enfoque sectorial, tantos destrozos ha causado en el paisaje y costumbres canarias. He observado, no sin dolor, los primeros síntomas de esta transformación en Madeira, y solo espero que allí sepan manejar de forma más racional e inteligente que nosotros esa arma de dos filos que es el turismo.</p>
<p>El balance de este brevísimo análisis podría resultar desalentador. Madeira efectivamente ha perdido mucho suelo, sus recursos naturales se han visto degradados y desplazados con la instalación de cultivos y los asentamientos urbanos; los incendios cobran su creciente tributo anual; las especies exóticas introducidas afectan y desvirtúan los sutiles equilibrios de la ecología insular, y así, un largo etcétera. Sin embargo, la Isla también se ha enriquecido con la aparición de nuevos recursos. Más de tres siglos de lucha con el medio han configurado a un pueblo trabajador, gente tenaz y de carácter afable que, quizás sea, junto con la imponente geografía de la isla, el mejor de los recursos.</p>
<p>La etnografía del pueblo medeirense es variada, singular y muy valiosa. Los viñedos, la artesanía del mimbre, el folklore, los jardines, el paisaje rural, han captado desde siempre la atención del viajero, en particular, de los ingleses, que encontraron en Madeira una especie de retiro idílico para los aquejados de salud. Incluso esta larga afluencia británica ha dejado un peculiar sello en la isla, especialmente en Funchal, una de las ciudades más bellas y recoletas del mundo. Es precisamente, de la hibridación de todos estos factores: de la tierra fértil y agreste, de la gente laboriosa, del comercio, de los ingleses, de las flores tropicales introducidas, de todo ello, de donde surge fundido en un crisol especial y asilado en medio del océano, la fortísima personalidad que define hoy a la isla de Madeira.</p>
<p>Madeira gusta a quien la visita, tiene carácter, tiene <em>bouquet</em> -si se me permite la expresión- y un merecido prestigio.</p>
<p>Estoy convencido que un desarrollo local que respete la idiosincrasia de la Isla como un todo, que integre e incluso apoye su turismo en ella, tiene que ser por fuerza un desarrollo más firme y duradero, aunque seguramente más lento.</p>
<p>Hay mucho en juego. El peligro que ahora afronta Madeira es el caer en las soluciones fáciles, en los “parches” a corto plazo y en los clichés propios del desarrollismo a ultranza. Si no logra resistir, todo acabará en una economía menos autárquica y en la banalización y prostitución de lo poco que puede mantener el orgullo de un pueblo: su tierra y sus señas de identidad. La isla ya está llena. No la llenen más en perjuicio de sus propios habitantes.</p>
<p>Este y no otro, es el mensaje y la alerta que quiero transmitir al pueblo madeirense. Es simple y forzosamente humilde, máxime proviniendo de otro isleño en cuyas tierras no se ha sabido reaccionar a tiempo y se ha actuado con una torpeza ejemplar.</p>
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