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	<title>Recuerdos Archivos | www.antoniomachado.net</title>
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	<description>Dr. Antonio Machado. Biólogo multiuso (Entomología, Conservación de la Naturaleza, Política ambiental, etc.) con sede en las islas Canarias</description>
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	<title>Recuerdos Archivos | www.antoniomachado.net</title>
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		<title>OLOR A CREOSOTA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Mar 2008 11:08:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Allá por el año 1968, un muchacho obsesionado con buscarse un <em>hobby</em>, decidió coleccionar insectos. Al poco tenía ya unos cuantos escarabajos ensartados en alfileres que sisaba a la costurera de su casa. Alguien, a quien mostró orgulloso su esperpento entomológico, le dijo que en el parque de La Granja había un señor, don José, que sabía mucho de bichos. Así que, ni corto ni perezoso, el muchacho se encaminó con su tesoro bajo el brazo hacia la que fuera primera sede del Museo Insular de Ciencias Naturales. Ocupaba un edificio antiguo, no muy grande, con aires coloniales y suelos de madera que chirriaban al andar. Don José María Fernández resultó ser un gallego injertado en Canarias, de porte bajo y espíritu grande. Al ver los bichos mal preparados, lejos de corregir la impericia del muchacho, le explicó paciente cómo tenía que hacerlo; le dijo los nombres -en maravilloso latín- de todo lo que había colectado, y le regaló unos pocos alfileres entomológicos, de los buenos, de verdad&#8230; Y el muchacho picó.</p>
<p>El ir al museo todos los miércoles, en sus tardes libres, se convirtió en rutina, y los sábados se unía a las excursiones que hacía don José, junto a Rafael Arozarena y Manuel Morales, que por aquél entonces constituían la escueta fauna perenne del Museo, junto con Paco García Talavera -desde 1971- que se dedicaba a las conchas y las piedras. Así fueron recorriendo la isla y sus rincones, porque un museo se nutre de la Naturaleza que representa. El muchacho colectaba coleópteros, igual que don José; Morales un poco de todo, y Rafa, manga en mano, iba detrás de abejas y avispas, levitando en su burbuja fetasiana. Tanto le deba apañar un ejemplar, como declamar versos al aire o increpar a una pobre abeja libando en su flor: “¡Oh, leche condensera la lechada la mejor!”. Y al final todos acababan contagiándose de las rechiflas y juego de palabras. Si aparecía una especie inesperada, don José apostillaba –“¡Ahh, cuanto menos se liebre, salta la piensa!”</p>
<p>Con el tiempo, por el Museo irían desfilando alumnos y profesores de la recién creada Facultad de Biológicas de La Laguna, y el propio muchacho acabaría convirtiéndose en biólogo. Vinieron épocas y presupuestos mejores, y en 1974 el Museo se trasladó con todos sus bártulos y olores al imponente edificio del antiguo Hospital Civil, su actual sede. Viajaron libros, piedras, armarios y cajas de colecciones, con su inconfundible tufillo a creosota, ese producto de penetrante olor, que se empleaba para prevenir los parásitos en las colecciones. Allí, entre gritos de los locos que entonces compartían el inmueble, iría aumentando el grupo de becarios y discípulos de don José.</p>
<p>Hoy, el museo sigue en el mismo sitio, integrado en el Museo de la Ciencia y el Hombre. Ha cambiado mucho. Se ha profesionalizado, está abierto al público, sus exposiciones son de vanguardia, y las colecciones han aumentado de modo exorbitante. Cuenta con un nutrido equipo de conservadores y colaboradores que mantienen al museo en la primera división de este tipo de instituciones. Don José, hace tiempo que se fue, pero el muchacho de entonces, -ahora talludito- sigue acudiendo de vez en cuando, según lo exigen sus investigaciones o los arrebatos de nostalgia.</p>
<p>Hace poco iban a tirar algunas cajas entomológicas viejas, porque lo están renovando todo. Sin dudarlo un instante, se acercó al museo a recogerlas y, al momento, percibió el inconfundible olor a creosota. Cerró los ojos y dejó correr la memoria. Porque los museos también atesoran recuerdos, y sin su pasado, sin la estela de las personas que allí trabajaron, no tienen alma. Un museo, como cualquier otra institución, no es nada sin alma. Y por suerte, el nuestro está bien servido.</p>
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		<title>EL PARQUE GARCÍA SANABRIA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Jun 2006 10:29:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Soy de los chicharreros privilegiados que viví en mi juventud frente al Parque García Sanabria: el “parque”, por antonomasia. Mi habitación, con dos ventanales alargados y un estrecho balcón, se abría directamente a la “rambla de las tinajas”, antesala jardinera del propio parque; de modo que el perfil citadino que conservo en mi memoria gráfica, es una masa vegetal verde, con las palmeras de abanico descollando por encima de los altibajos de la fronda. Es un perfil mágico, que me acunó innumerables noches en una época donde el tráfico era casi anecdótico, y solo el grito estridente del pavo real rasgaba la quietud nocturna ─una y otra vez─ dándole un sello muy especial y misterioso a esta zona amable de Santa Cruz.</p>
<p>En aquella época, el parque tenía animales cautivos en un improvisado zoo, y allí iba yo a contemplar las gacelas, patos, pavos, ardillas y monos. Recuerdo, como no, el mandril, con su culo colorado y complacencia sexual frente al cautiverio. Era motivo de sincera curiosidad y no poco cachondeo en los muchachos que despuntábamos hacia la pubertad.</p>
<p>La Rambla, donde entonces se podría jugar al brilé, y el propio parque eran una extensión natural de nuestro espacio de juego. Nos dejaban ir sin mucha vigilancia, salvo la de doña Ángela en su carrito, o la de los guardas del Parque, siempre atentos a las travesuras que, invariablemente, ideábamos para hacerlos rabiar. Había uno, de tez oscura, que tenía certera puntería lanzándonos una varita de bambú, porque a correr y escabullirnos por los intrincados vericuetos y paseos del parque, nadie nos ganaba. Eso era divertido; mucho más que vestirse de domingo y con zapatos demasiado apretados para ir a ver los gorgoritos, aunque pronto te olvidabas de las incomodidades y te unías al coro de impacientes chiquillos que prorrumpíamos: “¡Chacolí! ¡Chacolí!, Que empiece ya, que ya es la hora…. “. Y había un señor vestido de blanco que vendía cortes de helado casero y polos de a peseta que sacaba, cual prestidigitador, de un cilindro grande, fantástico, provisto de una ancha correa.</p>
<p>También recuerdo la profunda impresión que luego me causaría la enorme estatua tetuda que colocaron en la fuente principal, en pleno corazón del Parque. Eran ubres universales, ¡cósmicas!, todo un contraste con la delicadeza de aquella otra figura femenina que se alzaba en pie, con su chorrito de agua repicando en la alberca más chica, junto al paseo que conduce al kiosco Numancia. Tal vez, cuando uno es joven se puede enamorar de una mujer de mármol, erguida entre paragüitas y alfombrada por nenúfares.</p>
<p>Y hablando de amores, también el Parque fue testigo de mis primeros escarceos amorosos. Aquéllos quince años, en los que había que buscar tras la fronda el recato que la moral puritana nos negaba en otros sitios. Porque, al atardecer, el Parque se llenada de sombras pareadas y susurros de promesas. Si, allí, en 1968 y al resguardo de un drago, me declaré a mi mujer, para suerte de los dos.</p>
<p>También por aquella época, empecé con el incorregible vicio de coleccionar bichos y, por supuesto, el Parque fue de los primeros territorios explorados. ¡Qué subidón! cuando a la luz de una frágil linterna descubrí correteando por la hierba un <em>Harpalus distinguendus</em>, escarabajo de bellísimos tonos verde-metálico en sus élitros. Fue una de mis primeras joyas entomológicas. Luego, siguieron otras muchas.</p>
<p>Ahora vivo en La Laguna, pero la casa de mis padres sigue allí abajo, frente al Parque, haciendo guardia. Cada semana visito a mi madre, ya anciana, pero el Parque ha perdido presencia detrás del muro de ruidos de un tráfico incesante y atribulado. Se acabó la tranquilidad.</p>
<p>Por suerte, en la vega lagunera, donde está mi actual casa, un vecino ha tenido la feliz ocurrencia de poner pavos reales en su jardín. Y así, por las noches, en el silencio apenas alterado por alguna ranita de San Antón y los trasnochadores que regresan a sus hogares, oigo de nuevo el repentino y potente grito del pavo real, retando a la noche y las estrellas en un desafío eterno. El Parque vuelve a mí de mano de este alcahuete sonoro, y con él la sensación de cobijo tan vinculada a la infancia; el ritmo calmoso del pasado. Y se hace la paz.</p>
<p>4 de Junio de 2006</p>
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		<title>CARTA DE LA PALMA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Jan 2001 11:22:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desperté sereno mirando el techo alto de lo que en mi juventud fue la “lonja”, un destartalado cuarto de almacén [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Desperté sereno mirando el techo alto de lo que en mi juventud fue la “lonja”, un destartalado cuarto de almacén que acogía papas y aperos de labranza con aire de misterio. Encima de ese mismo techo nos tendíamos a coger sol y sopor sobre las tejas calientes que absorbían la humedad de nuestros cuerpos infantiles, como si fueran papel de filtro. El estanque, al lado, fue nuestra gigantesca piscina; agitado, salpicado, abrumado por un tropel de primos y primas que desfogábamos en gritos y juegos la inocencia de la edad y la holgura de las vacaciones. El “estanque”, con el imperecedero ruido del chorrito de agua cayendo en él; casi diurético, incluso somnífero. Ese mismo ruido acogedor que acunó mi sueño hoy, 29 de Enero, cuando cumplo 48 años de edad.</p>
<p>Roperos de tea, la cama de hierro forjado, lebrillos de cerámica tosca, cortinas de encaje … todo amplio y rústico, con el empaque que otorgan las paredes macizas de piedra y barro. Todo lleno de espacio, de calma, de olor a resina, de recuerdos…</p>
<p>A un lado, sobre la pared, anacrónicas y congeladas, las últimas palabras del “Generalísimo” meticulosamente registradas en punto cruz sobre un paño de metro sesenta por uno, o más. Mi tía Maruja es mujer de antes, apostólica, románica, franquista y ortodoxa donde las haya o haga falta. En el baño encontré un pequeño boletín titulado “El mensajero seráfico”. No sabía que existiera lectura así. Cosas de mi tía Maruja, no cabe duda.</p>
<p>La Palma vive su vida a su propio tempo, ensimismada, contemplando el mundo en plano de igualdad, sin el menor complejo de ombligo o cosa por el estilo. Por eso me encuentro a gusto en esta isla que flota firme en un océano inmenso y azul. Donde cabe todo.</p>
<p>Desayuné con mi tío Antonio, embutido en su bata color canela y con pañuelo al cuello; una estampa casi de Buñuel. Le agrada mi presencia, lo sé, y a mí me gusta cobijarme en La Dehesa tal como es, con mis tíos, ya mayores, en el centro, sobre la loma, aislados en su vergel de palmeras como una gota de vida suspendida en el aire y refrescada de tanto en tanto por las visitas de hijos y nietos. Dieciséis nietos, un número sólido, respetable, cálido. Porque los niños son verdad: sus juegos, sus risas, su mera presencia. Yo fui verdad en aquél estanque y sobre el techo de la lonja. Ahora les toca a ellos.</p>
<p>Prolongamos el desayuno un buen rato contándonos cosas, noticias de la familia, anécdotas de la Isla y de la Historia, porque en él se agita un apasionado erudito de lo patrio. No tengo capacidad para juzgar, pero seguro que hay sesgo en su historia, como en la de cualquier otro. No juzgo, como digo, sino que acepto. Y le quiero como es, por ser familia, por su coherencia, por mantenerse fiel a sí mismo en un mundo conformado por el mercadeo y lleno de personalidades <em>pret-a-porter</em>. Si, recuerdo incluso las palabras de un Neruda descreído: “Patria, palabra triste como termómetro”. No para él, y ya tiene algo más que otros muchos.</p>
<p>A media mañana mi tío se refugió en su despacho y yo me instalé en el patio- lavadero, junto a una enorme mesa cubierta de hule a cuadros. Quedé protegido de la brisa y con luz suficiente, de modo que organicé mi “laboratorio” de campo y empecé a separar los escarabajos que capturé la noche anterior. Una cosecha modesta, pero interesante. Separarlos por especies, anotar en qué planta cogí a cada cual, envolverlos en papel y meterlos en tubitos de plástico, etiquetar las muestras …. es una suerte de liturgia entomológica que me reconforta como pocas cosas.</p>
<p>También traje varias hojas de vinagreras, de laurel y de otras plantas con los bordes mordisqueados por los gorgojos que ahora estudio. Coloco las hojas entre las páginas de un ABC viejo para prensarlas y que aguanten hasta que pueda fotocopiarlas. Luego me será más fácil analizar los patrones de mordiscos y, tal vez, llegar a reconocer quien se ha comido una hoja, simplemente mirando los bocados que tiene. Así funciona la Ciencia, un combinado de intriga, trabajo paciente y cierta ansiedad.</p>
<p>¡Ah!, todavía no lo he dicho. Con motivo de mi cumpleaños me he regalado una semana colectando insectos en la isla de La Palma. Es mi pasión. Y ahora estoy embarcado en un largo estudio del género <em>Laparocerus</em>, unos gorgojos fascinantes que cuentan con muchas especies en Canarias.</p>
<p>No me quedé a comer con mis tíos, pues para poder llegar a Barlovento en el norte de la Isla, tenía que aprovechar un periodo de dos horas (de 1:30 a 3:30 pm) en que paran las obras de ampliación de la carretera. Así que, tras detenerme en casa de mi cómplice y amigo Felo a recoger un poco de acetato de etilo (para matar los coleópteros), me metí en carretera con mi Landrover Discovery; fumando un purito palmero, disfrutando de la música y, sobre todo, del paisaje, a pesar de estar gris y amenazando lluvia. El verde es radiante y las nubes apalancadas y desgarradas entre los barrancos de la cumbre evocan todo lo evocable. Sigue siendo una isla mágica para mí.</p>
<p>Si, La Palma destaca tanto por lo que tiene como por lo que no tiene. Las carreteras serpentean de loma a loma y son de un ancho y trazado “humano”. Se puede circular a velocidad de paisaje, es decir, consciente del escenario que te acoge, impregnarte de sus formas, hasta oler sus intimidades si llevas la ventanilla abierta. Las casas son como eran, están habitadas y se ven cuidadas. Las señoras continúan con la escoba puertas afuera, por la vereda de acceso, hasta llegar a la calle. Las huertas, los campos, todo está atendido; mimado de la mano del hombre. Nada que ver con los paisajes descabalgados de las otras islas, las que no han sabido manejar un turismo que primero fue maná y ahora es droga, droga y veneno de los peores. Tierra de autopistas, de escombros, de casa clónicas, de más y más letreros en cualquier idioma importunando el espíritu. Tierra llena de desarreglos. No cabe duda que el hombre tiene una gran capacidad para crear fealdad. Por eso, tal vez de rebote, disfruto yo tanto cuando circulo manso por las zonas no mancilladas que quedan en mis islas. Sea o no consciente de ello, apuro la belleza con algo de apremio.</p>
<p>Paré en Los Sauces a tomar un vaso de vino y comprar un portentoso y crujiente bocadillo de queso blanco del país. ¡Cielos, qué bien saben las cosas simples! Ya saciado, a pesar de lo frugal del almuerzo, llegué al mi hotel, «La Palma Romántica», a tiempo de echarme una breve siesta y sorber luego un café hirviente, junto a la chimenea encendida. Recibí la llamada de Jorge Bonnet, un buen amigo y de esos gestores que llevan una agenda-recordatorio inquebrantable. ¡Feliz cumpleaños!. Se agradece.</p>
<p>Chusy, mi mujer, quedó en La Laguna, en Tenerife. Ella tenía trabajo en el ayuntamiento, pero me traje su presencia conmigo y no me encuentro solo. La llamé y hablamos un rato. También Laura, mi hija, telefoneó desde Madrid desparramando vitalidad y entusiasmo en apenas un par de minutos. La familia, los amigos, todo esto resulta calentito, como las brasas y el fuego a mi lado.</p>
<p>La tarde la pasé recorriendo las pistas del monte de Barlovento, más arriba de una gran laguna artificial que se ha convertido en un atractivo medio ambiental y turístico, a juzgar por las construcciones que surgen a su alrededor: un aula de la naturaleza, un restaurante, etc. Tengo que proceder así, recorrer y marcar durante el día los sitios que luego, ya cerrada la noche, he de visitar para buscar mis escaraba­jos. Creo que no lo he explicado aún, pero estos gorgojos sólo salen de noche y con la claridad se entierran profundo en el suelo o entre las raíces, y no hay manera de dar con ellos, salvo los despistados. En cualquier caso, me gusta recorrer las pistas que no conozco e ir desvelando los secretos de las vaguadas, de las lomas, de los cabocos… Mi todoterreno es perfecto para esta tarea; un cómplice irremplazable contento de abandonar el asfalto.</p>
<p>Paré a preguntar a un paisano que recogía hierba, por el destino de una pista secundaria. Como me ocurre a menudo, acabamos de cháchara. Un hombre de mi edad o puede que más joven, enjuto, de ojos claros y con gruesos bigotes pelirrojos, quizás restos genéticos de los franceses que arribaron por estas tierras hace ya siglos. Me entiendo bien con esta gente, nuestros “magos”; me agrada su encaje en el mundo, su estar seguros, su mirada franca. Podría haberme quedado un buen rato allí compartiendo humanina, mirando el mar lejano, inmenso, con la brisa húmeda batiéndonos la cara y los pelos, como si fuera la hierba que sacude justo a nuestros pies. Hablamos de la gente de hoy, del turismo, de la Isla, de las vacas, de los bichos, de las hierbas … compartimos un rato de isla.</p>
<p>Seguí por una pista embarrada, chapoteando charcos y dejando hacer al Landrover. Paré en la Fuente del Río, en plena laurisilva. Allí aparqué y, fumando tranquilo la pipa, aguardé a que llegara noche. Llamaron mi hermano Mario y su mujer para felicitarme. Los teléfonos móviles son un buen invento del hombre blanco, así que aproveché para llamar a mi madre y felicitarla por haber tenido un hijo hace 48 años. Está muy mayor y con síntomas crecientes de senilidad. Creo que le agradó saber que estaba en La Palma, su isla natal.</p>
<p>Los entomólogos clásicos –que colectaban sólo de día– apenas se tropezaban con algunos Laparocerus “despistados”, como ya dije. Yo los busco de noche y el panorama cambia completamente. Si doy con la planta que les gusta, los encuentro plenamente activos y en abundancia. Estoy reuniendo un material copiosísimo y ya he descubierto algunas especies novedosas.</p>
<p>Mi técnica de trabajo consiste en ir de día a visitar las localidades conocidas o lugares que se vean apropiados (hay que tener ojo clínico). Mi fijo en la vegetación para comprobar si las hojas están comidas por ellos, pues ya sé diferenciar cuando los bocados son de orugas de mariposas, ciempiés, babosas o gorgojos de otros géneros. Si veo señales frescas y el lugar promete, marco el sitio con una estaquilla de madera provista de cinta reflectante, de modo que por la noche me resulta fácil de localizar. También llevo una grabadora digital y me dicto instrucciones para la colecta (mirar unos 50 m a la izquierda, etc.), pues de noche no hay manera de reconocer el terreno con los focos del coche o la linterna.</p>
<p>Para buscar los bichos uso una linterna de luz halógena acoplada a mi cabeza; ilumina bien y me deja las manos libres. Luego, agarro la batea (una tela cuadrada de 1,20 x 1,20 con dos palos cruzados para mantenerla extendida) y la sitúo debajo de las ramas de las plantas o arbustos. Esto se ha de hacer con mucho cuidado de no tocar las ramas, pues al menor roce mi “gente”, es decir, los gorgojos, se dejan caer al suelo haciéndose los muertos. Es la manera instintiva y más segura de liberarse de ser comidos por una vaca noctámbula, por ejemplo, o de ser capturados por un entomólogo noctámbulo, sin ir más lejos.</p>
<p>Una vez colocada en posición la batea, con la otra mano golpeo la fronda con el mismo palo que me sirve para caminar. Al instante caen sobre la tela toda suerte de bichos, además de hojas, ciscos y frutos que se desprenden. Entre ellos he de distinguir a los <em>Laparocerus</em> y rápidamente echar mano del “chupóptero”. Así designamos familiarmente a un “succionador entomológico”, un pote de plástico del que salen dos tubos largos y flexibles, uno protegido por tela fina, por el que se chupa, y el otro por el que se apunta a los bichos para que sean succionados. Esto funciona con insectos pequeños, de no más de 5 mm de grosor.</p>
<p>Por lo general llevo el “chupóptero” asido en la boca por el tubo de chupar, de modo que cuelga y me resulta fácil de encontrar en la oscuridad. Hay que estar diestro para no dejar escapar ninguna presa, aunque los Laparocerus no son de los coleópteros más rápidos, que digamos.</p>
<p>Supongo que mi aspecto nocturno, con una especie de cometa en la mano, un extraño tubo saliéndome de la boca, enfundado en un chaquetón y con una luz en la cabeza, es como para dejar espantado a cualquiera. Por suerte, los montes están poco transitados a estas horas de la noche.</p>
<p>Así, poco a poco, primero rodeado por la niebla y luego con un cielo inundado de estrellas, fui vareando la vegetación de los bordes del camino e iban cayendo “cositas”, es decir, <em>Laparocerus</em>. Y esto anima enseguida, lo mismo que sorprender con el haz de luz a algún ejemplar sobre las hojas, con su cuerpo brillante y las antenas al aire; a veces comiendo, otras copulando, o desplazándose tranquilamente con su peculiar trotecillo. Son imágenes que quedan grabadas en mi mente como algo muy hermoso y muy propio. Son secretos de la noche.</p>
<p>Volvió la bruma y trajo llovizna. Mi “gente” no se inmuta por eso y mi chaquetón engrasado está pensado para estos casos. Así que dediqué un par de horas a deshacer la pista y parar en los lugares señalados, batea en mano y chupóptero en boca. ¡Una buena cosecha, sí señor!, aunque terminé ligeramente ensopado.</p>
<p>Cumplida la faena, paré en el restaurante-parrilla de la Laguna de Barlovento, pues a pesar de la hora –casi las once– había luz y estaba abierto. Dentro cenaba una pareja de extranjeros. Si, cenando a hora española, lo que sirvió para congraciarme con ellos. Llevaban botas de campo. Son, pues, turistas rurales, gente bien. Reconozco que últimamente me estoy volviendo intransigente con la caterva de turistas que inunda las islas. Son los “giris” y los comparo con las moscas. Y desde luego, a nadie le gusta comer en un sitio rodeado de moscas. ¡Puaj!</p>
<p>Atendía el restaurante un paisano bastante campechano. Bueno, o es que yo aquí lo miro todo con otros ojos. Desde que piso esta isla me inunda una suerte de buena predisposición, de benevolencia irreprimible. Creo que nunca he sido capaz de enfadarme en La Palma. ¿Es o no una isla mágica?. O es que la magia está en mí, en los recuerdos de infancia, las primeras exploraciones por el jardín, los primeros juegos sexuales&#8230; Así, con estos pensamientos acompañé una buena cena basada en sopa de trigo y carne de res bien sabrosa, sin el menor remordimiento por las vacas locas. Y las papas bien fritas, y el vino del Hoyo de Mazo con su impronta local., y … hasta la servilleta de papel, por esta vez –y sin que sirva de precedentes- me pareció correcta. Sin duda, el dar barrigazos por esos montes de Dios abre el apetito, y nada más placentero que saciarlo justo en el momento en que demanda atención. Todos llevamos un dionisiaco agazapado en nuestro interior, y hay que dejarlo suelto de vez en cuando.</p>
<p>Fuera del restaurante volvieron las estrellas y la calma e inmensidad nocturna. Debería poder soplar y apagar cuarenta y ocho. Vaya faena para los astrónomos.</p>
<p>El calor del vino me recogió el alma y recordé a los míos, a los más distantes. Todavía quedaba carga en el móvil y llamé a mi hijo Guillermo, que estudia en Bedford. Hablé con él, simplemente para oír su voz atolondrada. El cumpleaños de su padre no está en su agenda, ni falta que le hace. Elena también está en Inglaterra y estudia arte en Londres. Ella se acordó enseguida y me cantó un “<em>Happy birthday to you</em> …” que sonó muy, muy especial mientras descansaba la vista en la cúpula del hemisferio Norte; la misma que anida sobre su cabecita rubia. Maravillas de las ondas y de la modernidad. ¿Qué son las distancias?</p>
<p>Y como el vicio es vicio, o por aquello de “barriguita llena, corazón contento”, me encajé de nuevo la linterna en la cabeza y aproveché para dar una batida por el bosque que rodea la laguna, aunque solo cayeron las mismas especies que ya había cogido más arriba, en pleno monte. Mejor suerte tuve junto al cementerio, en un llano cubierto de maleza y hierbas bajas.. Allí capturé otro de mis objetivos señalados, probablemente una nueva especie de la que había visto un único ejemplar recolectado por un colega alemán. Si los bichos no son supersticiosos, yo tampoco. Es más, la parada junto al cementerio resultó ser la guinda del día.</p>
<p>Puede que fuera la una de la madrugada cuando llegué al hotel, satisfecho pero notando ya el cansancio en el cuerpo. Me abrió el guarda de seguridad y su perro, un pastor garafiano, como mi Jara…, y Nilo, que ya se fue. Descargué mis bártulos de campo y los potes con mis preciadas capturas, y con cuidado de no embarrar demasiado los pasillos llegué a la habitación, amplia y acogedora. Sobre la mesita junto al ventanal me esperaba un pequeño ramillete de flores silvestres, una botellita de cava y una nota: ·«Feliz cumpleaños. Tu mujer».</p>
<p>Recordé haber visto una piscina cubierta y un “jakuzzi”. Nunca había probado estos artilugios, pero me pareció buena ocasión a pesar de la hora. El guarda tuvo la amabilidad de conectarlo para mí. ¡Vaya invento!. Y así acabé el día de mi cumpleaños, espatarrado en una descomunal bañera provista de luces subacuáticas, y rodeado de burbujas por fuera y por dentro (el champancito); con las imágenes de gorgojos caminando sobre hojas mojadas, el haz de mi luz en la niebla, el guiño de las estrellas…</p>
<p>El sosiego es un don del alma, pero el mundo también ayuda.</p>
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		<title>Morna</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Feb 1999 16:04:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Podrá tener cuarenta o cincuenta años, con su cuerpo magro embutido en ropas colgantes: falda marrón a tablas hasta las canillas, un jersey de cuello alto azul oscuro, y sobre él, una chaquetilla blanca de chándal, bastante ajada. Sus pies, oscuros, calzan gruesas sandalias y un pañuelo de colores muertos, atado por detrás y tan oscuro como ella misma, le cubre la  cabeza. Aunque, a decir verdad, los caboverdianos son negros desteñidos, tirando a color café-con-leche.</p>
<p>Ahí está esa mujer, en medio del patio trasero convertido en improvisado ‘bar da Amizade’. Un grupo de chicos jóvenes brindan con <em>groge</em>, el rudo ron local. Tienen guitarras, un violín  y un par de maracas, y entre la cháchara y sus brindis, arrancan con una musiquilla que evoca al fado, pero más bailonga –una <em>morna</em>, quizás–  luego una <em>coladera</em>, y así, se suceden los cánticos y los brindis, al amparo de una música cálida preñada de añoranzas.</p>
<p>Entre canción y canción, ella espera quieta mirando el suelo, pudiendo ser madre de todos ellos. Cuando arranca la música, comienza  a mover sus caderas con cadencia de palmera al viento, rodando sus sandalias a cada tanto. Posa una mano en el pecho y con la otra en alto, se deja llevar por un compañero invisible o innecesario.</p>
<p>Todos pasan a su lado, entran y salen del improvisado escenario, se sirven las mesas y la ignoran en un mutuo acuerdo, porque ella también ignora todo,  abducida por sus recuerdos – si es que los hay– o simplemente se rinde al ritmo embaucador de la música, que es un gran poder.</p>
<p>Siento una tierna envidia. Ella vive su música desde dentro. ¡Ah! don de los simples… o de los locos. Y yo seguiré siendo un espectador externo y extraño; notario de momentos así.</p>
<p>Ribeira Grande (Cabo Verde)</p>
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