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	<title>Turismo Archivos | www.antoniomachado.net</title>
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	<description>Dr. Antonio Machado. Biólogo multiuso (Entomología, Conservación de la Naturaleza, Política ambiental, etc.) con sede en las islas Canarias</description>
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	<title>Turismo Archivos | www.antoniomachado.net</title>
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		<title>DISCURSO A LA 3ª PROMOCIÓN DE TURISMO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 12 Jul 2003 16:49:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Turismo]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Acaban de terminar los estudios de turismo y la mayoría de ustedes –algunos ya trabajan– se enfrenta ahora al mundo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Acaban de terminar los estudios de turismo y la mayoría de ustedes –algunos ya trabajan– se enfrenta ahora al mundo laboral; al ejercicio de la profesión. El turismo es una actividad amplia y compleja, llena de retos y oportunidades, que exigirá de seguro el mayor de los esfuerzos para que puedan abrirse camino. Ganarán los mejores. No es un mundo fácil, sobre todo, porque son muchos los escollos y las trampas que en él proliferan. Y a veces, uno piensa que está ganando, cuando en realidad pierde lo más importante que una persona puede atesorar: su entereza.</p>
<p>No estoy pensando solo en dificultades como la competencia, desleal o no, el favoritismo o la explotación programada de los novatos; quiero hablarles de la corrupción, un mal que se va extendiendo en nuestra sociedad postmoderna como un virus contagioso. Me refiero a la corrupción con minúsculas, al margen de las grandes estafas, sobornos y prevaricaciones que saltan a la prensa de cuando en cuando. La pequeña corrupción cotidiana es la que mina realmente una sociedad. Una borrachera ocasional se supera sin mayor contratiempo; lo realmente pernicioso es el hábito diario, el alcoholismo implantado y asumido; lo que se ha dado en llamar la “corrupción sistémica”. Esa suerte de heterodoxia convertida en callada ortodoxia social, por simple anuencia o abierta complicidad, es la que carcome la eficiencia de cualquier sistema y la que adultera todo intento de justicia.</p>
<p>Cuando la corrupción se instala y se propaga desde las más altas esferas, acaba por llegar a todo rincón de la actividad pública y privada. Y el turismo, con su imparable dinámica económica, es un sector que viene demostrando ser particularmente vulnerable a este mal. Hay quienes piensan que le es endémico. Yo no lo creo así.</p>
<p>Las escuelas privadas de turismo preparan profesionales capacitados para ganarse la vida en este sector tan ambivalente. Ustedes son diferentes. Estoy convencido que además de aprender los rudimentos de la profesión, la Universidad aporta algo más: una visión más amplia que da o quita sentido a las cosas; que les permite y enseña a razonar; que, en de definitiva, les da <span style="text-decoration: underline;">criterio</span> para opinar, para discernir entre lo que está bien y lo que está mal.</p>
<p>Más de uno oirá la frase “No seas tonto, si todo el mundo lo hace…” Así de simple es como el caballo de Troya se adueña de una moral débil, y abre las puertas a la chapuza y luego a la corrupción. Ustedes están equipados con <span style="text-decoration: underline;">ética</span>, lo único que se necesita para cerrar las puertas a esta plaga de corruptelas encadenadas que se extiende por todos los ámbitos. Un proyecto, un plato de cocina, cualquier cosa que emprendamos en nuestra profesión, se ha de <span style="text-decoration: underline;">hacer siempre bien</span>, aunque sepamos que luego quede marginado o se tire al cubo de la basura. El hacer bien las cosas es un compromiso con uno mismo, no con quien nos las encarga. Y nadie nos puede robar la profesionalidad, ni nuestra integridad.</p>
<p>Sé que resistirse a las ruedas de molino no es tarea fácil. Pero tengo fe en ustedes y espero que año tras año salgan de esta Universidad hornadas y hornadas de nuevos profesionales, que a su nivel, en sus variados puestos de trabajo, resistan los embates de la chapucería y la corrupción. Al igual que hice con la Promoción anterior, hoy les invito a formar parte de la Resistencia; a colaborar para que algún día vuelva a gobernar la rectitud.</p>
<p>Y aprovecho también para animar a algunos de ustedes a dar un paso más adelante. Muchas cosas no cambian, simplemente, porque nadie lo intenta. Ahora tienen ustedes formación, capacidad de razonar, criterios y espero que una moral bien fundada. Yo les invito a considerar la vía política como una vía no solo válida, sino deseable para mejorar las cosas. Desde una concejalía de turismo en un ayuntamiento, desde el Cabildo, el Parlamento o desde organizaciones ciudadanas, se puede hacer mucho. Hace falta decisión y coraje… y también suerte. No menospre­cien el poder de la corrupción.</p>
<p>Para concluir y alejar cualquier nubarrón gris en un día tan señalado como hoy, quiero dedicar mis últimas palabras a quienes hoy les acompañan. Yo también soy padre y sé que la graduación de un hijo es un día muy, muy especial. A muchos les habrá costado un gran sacrificio llegar hasta aquí y, de seguro, más de una discusión y disgusto. Pero la realidad de hoy lo compensa todo, y padres y alumnos, sin excepción, deben sentirse mutuamente orgullosos. La Universidad no regala los títulos. Vuestros hijos se lo han ganado a pulso y creo que todos nosotros debemos celebrarlo como corresponde.</p>
<p>La Laguna, 12 de julio de 2003</p>
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		<title>LANZAROTE, BIODIVERSIDAD Y DESARROLLO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 17 Mar 2001 12:31:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Medio ambiente]]></category>
		<category><![CDATA[Turismo]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando George Busch se negó a firmar el Convenio sobre la Diversidad de la Vida, en la Cumbre de Río [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando George Busch se negó a firmar el Convenio sobre la Diversidad de la Vida, en la Cumbre de Río (1992), hizo indirectamente un gran favor al lanzamiento definitivo de un concepto que hoy impera en el mundo conservacionista: la biodiversidad.</p>
<p>Tradicionalmente, los biólogos se han ocupado de estudiar la diversidad de la vida en sus variadas expresiones morfológicas, fisiológicas o de comportamiento; es decir, de la biodiversidad como un atributo de la vida. Pero la Cumbre de Río introdujo un importante matiz en el concepto, equiparando la biodiversidad a un recurso. La biodiversidad es el conjunto de genes, especies y ecosistemas de un territorio determinado. Y es así como surge un renovado interés por la conservación de este patrimonio genético que, al margen de su función ecológica en el mantenimiento de los ecosistemas, es algo cada vez más tangible en virtud de los avances en biotecnología. El proyecto Genoma Humano, el caso de la oveja Dolly o incluso la hipótesis genética que subyace en la trepidante novela de Critchon, Parque Jurásico, son buenos exponentes de los potenciales que se esconden en los genes: esas cosas invisibles por pequeñas, que están preñadas de información aprovechable para el interés del hombre.</p>
<p>La biodiversidad, en sus tres componentes: genes &#8211; especies &#8211; ecosistemas, es objeto de inventario por parte de cada nación, y muy pocas naciones no son conscientes aún de que el mantenimiento y futuro de nuestra especie en el planeta se soporta sobre la biodiversidad. Esto es válido sobre todo a escala global, y algo menos a nivel regional o de una simple isla. Cualquier territorio puede ser forzado para albergar más carga humana, bien incrementando tecnológicamente el rendimiento de los recursos locales, o bien importando lo que escasea o, sencillamente, no se tiene. En tales casos, unas regiones explotan y parasitan a otras.</p>
<p>Viene al caso este preámbulo para acabar con la falacia de presentar a Lanzarote como un modelo de «desarrollo sostenible». Lanzarote hace tiempo que dejó de vivir de sus propios recursos naturales, que siempre fueron limitados. La actual población humana de la isla se sustenta en las copiosas importaciones de alimento y energía que entran a diario a través de sus puertos. Cualquier isla que tenga que desalar agua de mar empleando combustibles fósiles importados está, por definición, fuera del marco de la sostenibilidad ecológica. Y si la memoria no me falla, el desarrollo sostenible es un taburete de tres patas: sostenibilidad social, sostenibilidad ecológica y sostenibilidad económica.</p>
<p>Es en este contexto, en el que debemos valorar el interés relativo de la biodiversidad de la isla. En Lanzarote se han contabilizado unas 600 especies de plantas silvestres, 430 de escarabajos, más de 250 líquenes distintos, 73 especies de arañas, unas 30 aves nidificantes, 17 especies de mariposa, etcétera, etcétera. No se trata de grandes cifras si se comparan con otras islas o regiones más húmedas, pero lo destacado de la biodiversidad insular no es el número de especies presentes, sino la particularidad de que muchas de ellas son exclusivas de la isla (15 plantas, 33 escarabajos, etc.) Se trata pues de endemismos, especies que si se extinguen en Lanzarote, desaparecen del planeta y con ellas los genes potencialmente explotables que atesoran. No menos importantes son las variedades de hortalizas que el agricultor conejero</p>
<p>ha seleccionado y moldeado a través de los tiempos; sus formas de cultivo e, indirectamente, los paisajes que de ello resultan. Biodiversidad antropogénica, por decirlo en otros términos.</p>
<p>Ahora bien, ¿seguirá la isla funcionando ecológicamente si desaparecieran estas especies?. Probablemente sí. De hecho, el desarrollo ya acontecido se ha cobrado una cuota importante en alteración de los hábitats naturales, y la lista de especies autóctonas desaparecidas o en peligro de extinción es un lapidario anunciado. Por otra parte, la cantidad global de plantas y animales registrados no para de aumentar debido a Ia introducción continua de especies foráneas o exóticas que el comercio del hombre favorece de modo importante. Más de un tercio de la actual flora silvestre de Lanzarote es exótica, y estas plantas invasoras también quitan espacio a las nativas y endémicas. Lo mismo ocurre con los cultivos autóctonos. Y si queremos ahumar más el panorama, sólo hay que pensar en la contaminación directa del agua y el aire, o en el continuo incremento de basuras y residuos recalcitrantes.</p>
<p>En términos generales, la biodiversidad ha aumentado en la isla, pero a costa de una merma importante en lo que es patrimonio o biodiversidad propia. Un trueque estúpido: auténtico por banal, calidad por cantidad.</p>
<p>La globalización sea quizás el fenómeno más característico de este final de siglo, y la industria turística uno de sus fieles secuaces. En su cara oscura, la globalización devora diversidad, tanto biológica como cultural. Globalización y biodiversidad tienen mucho de antagónicos, con el agravante de que las pérdidas en biodiversidad son irreversibles. Las especies se extinguen para siempre.</p>
<p>Y si la isla está ya inserta en un modelo de desarrollo ecológicamente no sostenible ¿qué más da que se pierdan unas cuantas especies más, o que los paisajes tradicionales isleños se transmuten en otros ajenos? Pues sí importa, porque además de nuestra responsabilidad internacional como custodios de especies únicas de fauna y flora, la situación en la isla puede empeorar y hacerse aún más insostenible. Nuestro bienestar no está garantizado en absoluto.</p>
<p>Pensemos, por ejemplo, en el creciente interés por lo auténtico que el propio fenómeno de la globalización está despertando en la sociedad del «hombre blanco». Lo auténtico, aquello que se da por sí mismo, sin premeditación comercial, acabará por ser lo más escaso y lo más codiciado en un futuro no muy lejano.</p>
<p>Lanzarote ha sido y sigue siendo una isla relativamente auténtica, con paisajes, ecosistemas y especies animales y vegetales propios. Ahora es cuestión de averiguar si el turismo, al que nuestra economía está enganchado, seguirá considerando atractiva una isla progresivamente banalizada. Es cuestión, sobre todo, de que los conejeros decidan si prefieren vivir en un entorno con señas de identidad propia o en un potpurrí de clichés importados. Las plantas y los animales de la isla, por descontado, no tienen elección.</p>
<p>La pata de la sostenibilidad ecológica ya está tocada. Ahora está en juego la sostenibilidad social. Y, créanme, que si estas dos fallan, la economía también caerá.</p>
<p>Antonio Machado Carrillo</p>
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		<title>TURISMO (IN)SOSTENIBLE EN CANARIAS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Apr 1995 20:03:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Medio ambiente]]></category>
		<category><![CDATA[Turismo]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No hay productos letales sino dosis letales. Este aforismo tan al uso en temas de contaminación es perfectamente extrapolable al [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>No hay productos letales sino dosis letales. Este aforismo tan al uso en temas de contaminación es perfectamente extrapolable al turismo. Y en Canarias nos estamos pasando en la dosis. Mientras, voces locales siguen pidiendo más y más turismo para las islas. ¿Aumentar?, hasta dónde, hasta cuándo&#8230;</p>
<p>Hace ya demasiado tiempo que se vienen denunciando los inequívocos síntomas de deterioro ambiental provocados por el turismo; demandas de poner freno a la sobresaturación de un «producto» que, sin ser malo en si mismo, puede causar nuestra ruina a la vez que la suya propia. Apelaciones a la cautela y a la mesura. Apelaciones sin eco.</p>
<p>Estos días se hablará en Lanzarote de turismo sostenible. Estos días se hablará de falacias, al menos para Canarias. Puede que el Hierro y La Palma estén aún en condiciones de aprovechar tan sensatos conceptos. Pero ¿qué va a pasar con las demás islas donde la rosca ya está loca de tantas vueltas que le ha dado el turismo? Ya cayó la costa, ahora le toca al interior.</p>
<p>Después no habrá después.</p>
<p>Cuando alguien vende los encantos de su cuerpo a un tercero por dinero, se habla de prostitución. Pues yo denuncio a nuestras islas putas y con ello -allí donde estén- a los alcahuetes y meretrices que llenan sus bolsillos a costa de la explotación inmisericorde de la naturaleza canaria, de su suelo, de sus especies y de las señas de identidad de una sociedad isleñas acuñadas a los largo de muchos años de feliz y penosa historia.</p>
<p>¡Basta ya de llenar las islas de pueblos de plástico! ¡Basta ya de plagar el paisaje con letreros en lenguas extranjeras! ¡Basta ya de vender las islas! Y no confundamos la hospitalidad y el servicio con el servilismo, vasallo de la indignidad de un pueblo.</p>
<p>No más hipocresía.</p>
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		<title>CARTA A LOS MADEIRENSES</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Oct 1980 16:52:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Turismo]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
		<category><![CDATA[x-original]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esta “Carta los madeirenses” no es una carta convencional; tampoco es un informe de mi reciente y primer viaje a la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Esta “<em>Carta los madeirenses</em>” no es una carta convencional; tampoco es un informe de mi reciente y primer viaje a la Isla (del 28 de septiembre al 11 de octubre de 1980); ni siquiera es un resumen de las múltiples anotaciones acumuladas en mi diario de campo durante los pocos pero intensos días vividos. Esta carta es sencillamente el resultado de una creciente e irresistible inquietud por compartir las reflexiones que invariablemente surgen o surgirán, cuando nos enfrentamos con algo de sensibilidad a un medio peculiar y magnífico, como es la isla de Madeira: su naturaleza y sus gentes. Es pues un documento muy personal, escrito bajo la perspectiva de un isleño, científico y técnico en conservación de la naturaleza. Pretende ser, por otro lado, algo útil en la medida que ayude a reflexionar sobre la situación actual de Madeira, y tal vez a encauzar las futuras estrategias de desarrollo con mayor tino que el que hemos tenido los canarios.</p>
<p>¿A quién va dirigida mi carta? Como su título indica, a los madeirenses, pues es en ellos en quienes pienso cuando escribo estas líneas. Es común caer en el vicio de considerar la Naturaleza como algo ajeno e incluso antagónico al hombre. La Naturaleza es y seguirá siendo el soporte donde forzosamente se ha de asentar e integrar la especia humana; integración que debe ser racional y comedida, de manera que posibilite la perpetuación de ambas partes: hombre y medio.</p>
<p>En ambientes insulares físicamente restringidos y densamente poblados parece difícil de conseguir una integración hombre-medio que sea estable, particularmente en un mundo moderno como el actual, lacrado por la sobreexplotación y el despilfarro de los recursos naturales. Sin embargo, dicho objetivo puede no ser tan utópico si orientamos el desarrollo a medio y largo plazo hacia fines distintos al lucro económico inmediato, que es el que hoy impera.</p>
<p>Obviamente, y por su contenido, esta carta está especialmente dirigida a un grupo particular de maderienses; a aquellos que por compromiso político, por mandato administrativo, o por simple responsabilidad intelectual, tienen en sus manos o su alcance el presente de Madeira. Sin embargo, no podemos olvidar, que son todos los habitantes de las islas los depositarios y usuarios de tan singular patrimonio y que, en definitiva, y en un estado de derecho y de libertades públicas, recaen en ellos el compromiso de transmitir a las generaciones venideras el patrimonio natural lo menos deteriorado posible y con el máximo de opciones abiertas.</p>
<p>Alguien dijo, que los recursos naturales no los hemos heredado de nuestros padres, sino que los hemos tomado prestados de nuestros hijos.</p>
<p>El por qué escribo estas reflexiones, me lo he preguntado varias veces. Creo que en mi caso puedo hablar de compromiso intelectual y profesional. En Canarias he asistido al vertiginoso “desarrollo” que comenzó en los años 60. Conozco bien todas las islas, incluso los islotes, y me duele mi tierra. Entiendo que el nivel de vida ha cambiado mucho y para bien, pero cuestiono el tributo que ha tenido que pagar el territorio: la naturaleza y nuestras más entrañables coordenadas de personalidad. Pienso que muchas cosas se podrían haber hecho de otro modo, pero ya es tarde para lamentaciones, y las circunstancias de aquella época eran bien distintas a las actuales.</p>
<p>Tal vez en Madeira estén aun a tiempo de evitar varios de los errores que hemos cometido los canarios. Quizás pueden ensayar los madeirenses modelos y sistemas que aquí no tuvieron una oportunidad. ¡Ojalá!</p>
<p>Como isleño empedernido que soy, he visitado Madeira, he caminado por sus lomas, he hablado con hombres y mujeres de la Isla, sobre su historia, su desarrollo socieconómico, su geología y los seres vivos que la pueblan. Me he enamorado, en definitiva, de una isla hermana, con muchísimas cosas en común, y quiero simplemente, darme una oportunidad de contribuir a su conservación.</p>
<p>Madeira y demás islas periféricas -Porto Santo y las Desertas- fueron descubiertas por la civilización occidental en la misma época que las islas Canarias (siglo XV). Sin embargo, y a diferencia de Canarias, este pequeño archipiélago bastante más alejado del continente (a 545 km de África) no estaba habitado por el hombre. Ello quiere decir, que el panorama actual es el resultado exclusivo de las actividades del hombre europeo en más de tres siglos de asentamiento en su territorio.</p>
<p>El valor relativo de las cosas surge de la comparación con otras similares. Se puede afirmar que Madeira era una isla rica: un clima benigno para las personas y favorable para los cultivos: tierra fértil, aunque escasa y en complicada disponibilidad como consecuencia de la tortuosa orografía, y sobre todo, agua en abundancia, factor primordial y limitante en la producción biológica en cualquier sito.</p>
<p>No puedo entrar en detalles descriptivos de cómo tuvo lugar el asentamiento y posterior desarrollo. Pero en esencia, no difiere mucho del practicado en Canarias. Los comienzos se caracterizan por una rápida y desmesurada ocupación del terreno en la que el fuego actuó como principal instrumento de roturación (ver Fructuoso, 1925). La deforestación sufrida por Madeira, una isla cubierta por los bosques hasta la orilla del mar, ha sido muy notable, y según mis cálculos, solo el 26% de lo que antaño fuera bosque natural, perdura en la actualidad.</p>
<p>La presente ocupación de suelo es intensa en virtud a una ingente labor de roturación y aterrazamiento. El suelo agrícolamente útil supone un 33% del total (Blümel and Wirthann, 1973) lo que es muy alto para una isla montañosa como Madeira. Los terrenos marginales son utilizados para el pastoreo semi-intensivo, a lo que hay que añadir una alta proporción de las zonas forestales en las que aún se mantiene ganado libre.</p>
<p>La superpoblación que soporta la isla es notable con 280.000 habitantes en 741 kilómetros cuadrados (378 habitantes/km<sup>2</sup>), densidad que si la referimos al área útil nos arroja cifras muy preocupantes: 1.120 habitantes/km<sup>2</sup>. Si considerásemos un sistema económico cerrado, ello supondría que a cada habitante le corresponden escasamente 892 m<sup>2</sup> de suelo útil.</p>
<p>Debido al clima mas húmedo y orografía escarpada de la vertiente norte, es la vertiente meridional la que ha recibido el impacto principal de la ocupación humana (en Canarias ocurre exactamente al revés). Los pueblos del norte son pocos y pequeños y de hecho en Funchal y su entorno, que represente aun escaso 2,5% de la isla, vive aproximadamente la mitad de la población.</p>
<p>La emigración, al igual que lo fue en Canarias, es una constante en la vida madeirense (Sud-África, Venezuela, etc.) y si bien representa un sustancioso apoyo económico, apenas alivia el principal problema que afronta Madeira como otras tantas islas del Atlántico: la superpoblación.</p>
<p>Las consecuencias de esta singular distribución son muy notorias en el medio natural. La cara sur de Madeira ha sido totalmente transformada y, salvo en los escarpes inaccesibles y acantilados de la costa, apenas podemos hallar vestigios de lo que fue la vegetación primitiva.</p>
<p>Las masas forestales que tanto llaman la atención del visitante son, en esta zona producto del cultivo y repoblación de especies exóticas, principalmente eucaliptos, pinos y acacias. Estos bosques aportan todavía en la actualidad, la leña para la construcción y la que necesitan los campesinos para sus hogares. Las consecuencias negativas de esta sustitución y explotación de la masa forestal son bien conocidas: empobrecimiento mineral y pérdida de suelo por erosión (muy acusada en zonas altas del SE, disminución de la captación de aguas, y disminución de la diversidad ecológica (muy negativo para las zonas agrícolas colindantes). Algunas de estas zonas, principalmente en medianías y cumbres, han perdido su potencial de recuperación quedando prácticamente inútiles para el uso agrícola.</p>
<p>La vertiente meridional ofrece, por tanto, un aspecto totalmente antrópico, mientras que en el norte se conserva todavía el sello agreste de la geomorfología insular, repleta de grandes y profundos barrancos tapizados por un manto verde de laurisilva más o menos transformada.</p>
<p>Sólo los fondos de los valles y las lomas y laderas de pendiente algo más suave, están ocupados por cultivos o algunos bosques plantados.</p>
<p>Por encima de una determinada cota, ya en altitud considerable, tuvo que desarrollarse una ganadería mucho mas intensa que en la actualidad, quedando como recuerdo de ella y del fuego que se aplicaba para la regeneración de los pastos, un paisaje vegetal muy singular, a base de extensos helechares y praderas de tipo subalpino.</p>
<p>El impacto de la agricultura en el medio natural isleño no ha sido tan profundo como en las islas Canarias. Por lo pronto, no ha habido un trasiego de suelos de un lado a otro, sino que, a base de terrazas y abancalientos, se explota prácticamente cada palmo de terreno asequible. El sistema resultante recuerda mucho a nuestros cultivos en La Gomera o en La Palma. La vid, traída de Chipre y Creta, sigue siendo el principal cultivo; luego la platanera y ya, en menor escala, la caña de azúcar, mimbre, grano y verduras diversas.</p>
<p>El agua es abundante y asequible gracias a un loable sistema de “levadas” que la recoge y distribuye. Para un canario se hace difícil comprender como una isla tan rica en agua, donde los barrancos corren todo el año, y donde existen cinco estaciones hidroeléctricas, pueda tener problemas en el sector agrícola. Pero es así.</p>
<p>La ausencia de una política parcelaria adecuada ha desembocado en una pulverización de la propiedad, y la mayoría de las parcelas, de dimensiones muy reducidas, se destina a los cultivos de subsistencia.</p>
<p>El problema se agrava si consideramos que los caseríos, muy dispersos, dificultan los equipamientos mínimos, y el grado de cultura, desafortunadamente muy bajo en este sector, no favorece el cooperativismo, ni sistemas de comercialización adecuados.</p>
<p>El turismo de masas que ha invadido Canarias llegó a Madeira con algo de retraso, probablemente debido a las dificultadas de comunicación. El aeropuerto se estableció en 1964, con un ligero pero significativo desfase respecto al primer “boom turístico”. Es en la actualidad cuando parece que va a despegar el turismo industrializado que todos conocemos y que, en la precipitación y enfoque sectorial, tantos destrozos ha causado en el paisaje y costumbres canarias. He observado, no sin dolor, los primeros síntomas de esta transformación en Madeira, y solo espero que allí sepan manejar de forma más racional e inteligente que nosotros esa arma de dos filos que es el turismo.</p>
<p>El balance de este brevísimo análisis podría resultar desalentador. Madeira efectivamente ha perdido mucho suelo, sus recursos naturales se han visto degradados y desplazados con la instalación de cultivos y los asentamientos urbanos; los incendios cobran su creciente tributo anual; las especies exóticas introducidas afectan y desvirtúan los sutiles equilibrios de la ecología insular, y así, un largo etcétera. Sin embargo, la Isla también se ha enriquecido con la aparición de nuevos recursos. Más de tres siglos de lucha con el medio han configurado a un pueblo trabajador, gente tenaz y de carácter afable que, quizás sea, junto con la imponente geografía de la isla, el mejor de los recursos.</p>
<p>La etnografía del pueblo medeirense es variada, singular y muy valiosa. Los viñedos, la artesanía del mimbre, el folklore, los jardines, el paisaje rural, han captado desde siempre la atención del viajero, en particular, de los ingleses, que encontraron en Madeira una especie de retiro idílico para los aquejados de salud. Incluso esta larga afluencia británica ha dejado un peculiar sello en la isla, especialmente en Funchal, una de las ciudades más bellas y recoletas del mundo. Es precisamente, de la hibridación de todos estos factores: de la tierra fértil y agreste, de la gente laboriosa, del comercio, de los ingleses, de las flores tropicales introducidas, de todo ello, de donde surge fundido en un crisol especial y asilado en medio del océano, la fortísima personalidad que define hoy a la isla de Madeira.</p>
<p>Madeira gusta a quien la visita, tiene carácter, tiene <em>bouquet</em> -si se me permite la expresión- y un merecido prestigio.</p>
<p>Estoy convencido que un desarrollo local que respete la idiosincrasia de la Isla como un todo, que integre e incluso apoye su turismo en ella, tiene que ser por fuerza un desarrollo más firme y duradero, aunque seguramente más lento.</p>
<p>Hay mucho en juego. El peligro que ahora afronta Madeira es el caer en las soluciones fáciles, en los “parches” a corto plazo y en los clichés propios del desarrollismo a ultranza. Si no logra resistir, todo acabará en una economía menos autárquica y en la banalización y prostitución de lo poco que puede mantener el orgullo de un pueblo: su tierra y sus señas de identidad. La isla ya está llena. No la llenen más en perjuicio de sus propios habitantes.</p>
<p>Este y no otro, es el mensaje y la alerta que quiero transmitir al pueblo madeirense. Es simple y forzosamente humilde, máxime proviniendo de otro isleño en cuyas tierras no se ha sabido reaccionar a tiempo y se ha actuado con una torpeza ejemplar.</p>
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